La compañía Fania Records fue fundada en marzo de 1964 por el abogado y empresario Jerry Masucci y el flautista dominicano y director de orquesta Johnny Pacheco

Jorge A. Amaral

Hace 54 años, el 26 de agosto de 1971, en el Cheetah Club, una antigua pista de patinaje del norte de Manhattan, en Nueva York, sucedió lo que Johnny Pacheco (cofundador del mítico sello Fania Records), reseñó como el nacimiento de la salsa: el primer concierto de la Fania All Stars, una súper orquesta conformada por la crema y nata del sello (y de la música latina): Pete "El Conde" Rodríguez, Ismael Miranda, Santos Colón, Héctor Lavoe, Adalberto Santiago, Cheo Feliciano, Ray Barreto en las congas, Bobby Valentín en el bajo, Willie Colón liderando los trombones, Larry Harlow en el piano y los invitados especiales, Richie Ray y Bobby Cruz. La experiencia se grabó en un disco que hoy es memorable y una pieza histórica: “Fania All Stars. Live at the Cheetah, Vol. 1”.

Como antecedente de la salsa debemos remontarnos a los años 60, con el boogaloo, un estilo de moda entre los jóvenes de Nueva York, encabezado por Pete Rodríguez, Joe Cuba, Johnny Colón y otros artistas que construyeron un nuevo sonido a partir de ritmos afrocaribeños y música soul, con mambo y son montuno, que se cantaba en español y en inglés. El boogaloo, su hermano menor el shing-a-ling y su hermano mayor el latin soul, fueron estilos fundamentales para el establecimiento del sonido de la salsa que Fania desarrolló en la década de los 70 y que llegó a ser un fenómeno a nivel mundial con repercusiones e influencia hasta hoy en día y más allá de la salsa, pues permeó hasta desarrollar el latín jazz. Un estilo que fue explosivo tanto musical, como social, político y económicamente. Para ver la magnitud del impacto, le recomiendo el extraordinario documental “Our latin thing”, que muestra sin filtros a los principales exponentes de la música latina en Nueva York. Está en YouTube.

Según el historiador venezolano Leopoldo Tablante, el término “salsa” fue acuñado y aplicado por primera vez por Fania: "Esta nomenclatura fue concebida por la industria de fonogramas para aludir a la sensibilidad y a los anecdotarios correspondientes a un espacio social: el barrio latino".

Lejos de los salseros actuales, que desde los 90 se han puesto cursis hasta diluirse en la música pop y la balada, la salsa de los 70 era un ritmo callejero, salvaje, conocido hoy en día como salsa brava, en la que las descargas eran la regla, y aderezado con la moda y la estética gangster. Un ejemplo de esto último con los discos de Willie Colón de esa época, que ostentaban títulos y carátulas que le hacían apología a la temática gangsteril: “Lo mato”, “La gran fuga”, “El juicio”, “Crime pays”, “El malo”, “Cosa Nuestra”. Además, las poderosas y oscuras descargas salseras de la Fania eran en sí mismas un testimonio de la violencia del barrio, con su agresividad y desenfreno musical.

Pero no toda la salsa que se hacía en Nueva York era dominio particular de Fania. Existía al mismo tiempo una movida latina que no figuraba en la prensa y que no tuvo gran atención masiva. Algunos artistas fueron firmados por los sellos subsidiarios más pequeños de Fania, como Cotique. A estos artistas, sin embargo, poco se les invertía en promoción y estaban lejos de gozar del poder de distribución que tenían Willie Colón, Ray Barreto o el mismo Héctor Lavoe. Algunas producciones incluso tenían mensajes contestatarios o políticos que los ejecutivos del momento consideraron poco comercializables, aunque en este sentido, artistas de la Fania como el mismo Colón y el enorme Rubén Blades sí exploraron temáticas sociopolíticas. Es más, hubo orquestas que trataron de iniciar un movimiento independiente que lograra responder de alguna forma al dominio que Fania tenía sobre la distribución de la música latina. Entre esos músicos podemos mencionar a The Brooklyn Sounds, Tony Pabón, Frankie Dante o la Orquesta Amistad. Escúchelos, de verdad.

Finalmente, usted me dirá “oye, ese tal Marc Anthony es muy bueno, canta bien y se oye bonito”. Yo le diré que tiene la razón, el tipo tiene buena voz y sus producciones son impecables, pero su salsa tiene un problema: no pica. ¡Azúcar!

Cachetada guajolotera

Gerardo Fernández Noroña es de esos políticos a los que la oposición odia. Bueno, en realidad la oposición odia todo lo que tenga que ver con la cuatroté, pero Noroña es particularmente vilipendiado porque se acalora en los debates, les dice a sus adversarios lo que valen (y lo que no valen). Siempre ha causado polémica, desde su etapa como luchador social hasta la fecha.

No nos vamos a enfrascar en la discusión sobre su vida de señor pudiente, porque mientras no se le compruebe que se ha enriquecido de forma ilícita, que ha malversado fondos públicos o que vive como rey a costa del erario, lo demás es su vida personal y no es de mi incumbencia. Una cosa sí es cierta: desde hace al menos 7 años se ha malinterpretado –y la mayoría de las veces tergiversado– el concepto de la austeridad republicana. Por eso, por enésima vez, lo diré: significa que el gobierno no ha de realizar gastos superfluos o inútiles, que los funcionarios, en el ejercicio de sus cargos, no se darán una vida palaciega a costa del dinero público y, sobre todo, que no incurrirán en actos de corrupción para obtener beneficios económicos, como usar prestanombres o crear empresas fantasmas, o participar en actividades que generen conflicto de intereses.

Si este político ha sido diputado en múltiples ocasiones, ha estado en el Senado o tiene una carrera en el servicio público, con puestos bien pagados, no es de extrañar que viva con privilegios, dado que la clase política y la alta burocracia pertenecen justo al sector más privilegiado.

Volviendo al tema de Noroña y su fuerza para atraer problemas, rematamos con un Alejandro Moreno convertido en Hulk a la hora de los reclamos. Por si usted no lo vio, recapitulemos rápidamente: durante la sesión, Noroña le negó el uso de la palabra a Alejandro Moreno, un sujeto que, lo sabemos porque lo hemos es cuchado, no brilla por su lenguaje pulcro ni sus buenas maneras. Al final de la sesión y como si se hubiera tratado de un sainete de carpa, en cuanto terminaron de entonar las estrofas de nuestro glorioso Himno Nacional Mexicano, Alito le reclamó a Noroña el que no lo haya dejado hablar. Alegaron, se dijeron algunas cosas y, entonces, Alito, más cabrón que bonito, le jaló el saco a Noroña, quien lo empujó gritándole que no lo tocara (ahí le falló a Noroña, debió poner tierra de por medio de inmediato). Entonces Alito, ya embravecido, soltó una cachetada guajolotera que derivó en brincos, jalones, codazos y empujones (Molotov dixit) en los que un trabajador del Congreso recibió un empujón y un par de puntapiés, pero terminó como si un camión lo hubiera atropellado.

La acción de Alejandro Moreno fue de inmediato aplaudida por ese amplio sector que odia a Noroña, pero sólo refleja la podredumbre que impera en el Congreso de la Unión, entre políticos de todos los colores que no sirven para nada más que para aplaudir unos y despotricar otros, con un partido de Estado que ejerce el poder con prepotencia y sin siquiera contemplar la posibilidad de lograr consenso. Pero también refleja a la clase política mexicana actual en su justa dimensión y sin distinción partidista: actuar como energúmenos, sin diálogo, sólo gritos y sombrerazos, dispuestos a sacarle jugo mediático hasta a su propia madre si es que ésta se deja. Al final, lejos aplaudir el altercado, deberíamos sentir vergüenza como sociedad, como electores, y pedir perdón a las siguientes generaciones porque esa bola de idiotas que tenemos en las más altas tribunas del país son los que, con sus decisiones de ahora, están moldeando lo que vendrá en el fututo.

Pero si eso fue feo de ver, también fue penoso ver que periodistas experimentados se alegraban del hecho sólo porque Noroña les cae mal. No hay que dejar que el hígado nos nuble el juicio porque entonces habremos perdido. Y es que fue descorazonador ver a esos colegas celebrando a Alejandro Moreno cuando con anterioridad se les ha visto en las manifestaciones para pedir un alto a la violencia contra la prensa. A esos compañeros, algunos de los cuales me inspiran un enorme respeto por su trayectoria, yo les recordaría los audios difundidos en 2022 y que mostraban a Alejandro Moreno tal cual es. En uno de ellos, refiriéndose al gremio, por si no se acuerdan, dice: “Yo siempre lo he dicho: el hijueputa que se pase de verga, una verguiza, ¡verguiza!, ¡salvaje! Nomás te voy a dar un dato: a los periodistas no hay que matarlos a balazos, papá, hay que matarlos de hambre”. ¿En serio le aplauden a este sujeto? Es cuánto.