Por MIRYAM CAMACHO SUÁREZ*
Durante siglos, el recurso más escaso fue la fuerza física, después lo fue el conocimiento. Hoy, por primera vez en la historia, el recurso verdaderamente escaso es otro: la capacidad de pensar sin quedar atrapados en tareas que una máquina puede hacer por nosotros.
Nunca habíamos tenido tanta información, tantas herramientas y tanto conocimiento disponible. Paradójicamente, nunca habíamos dedicado tantas horas a buscar archivos, consolidar datos, redactar reportes, llenar formatos o mover información de un sistema a otro.
Quizá por eso estamos viviendo una transformación comparable con la Revolución Industrial. No porque las máquinas estén reemplazando al ser humano, sino porque, por primera vez, una parte importante del trabajo intelectual puede delegarse sin delegar el criterio.
Durante décadas confundimos profesionalismo con esfuerzo visible. Aprendimos a admirar a quien dormía menos, dedicaba más horas a una tarea o terminaba exhausto al final del día. Como si el cansancio fuera una medida de calidad.
Pero ¿y si el verdadero valor nunca estuvo en ejecutar? ¿Y si siempre estuvo en pensar mejor?
Mientras seguimos discutiendo si la inteligencia artificial sirve para redactar un discurso o generar una imagen, el mundo ya está utilizándola para cambiar profesiones completas.
Mientras discutíamos si una inteligencia artificial podía escribir un ensayo, un grupo de científicos resolvía uno de los mayores desafíos de la biología moderna.
Durante más de cincuenta años, comprender la estructura tridimensional de una proteína fue uno de los grandes problemas abiertos de la ciencia. Después apareció AlphaFold, desarrollado por DeepMind. En pocos años puso a disposición de la comunidad científica más de 200 millones de estructuras de proteínas, utilizadas hoy por millones de investigadores en casi todos los países del mundo. Lo que antes requería años de investigación ahora acelera el desarrollo de medicamentos, vacunas y tratamientos para enfermedades complejas.
Mientras muchos seguían preguntándose si una inteligencia artificial hacía trampa redactando un texto, JPMorgan Chase, el banco más grande de Estados Unidos, desplegó plataformas de inteligencia artificial para más de 200 mil colaboradores. Hoy las utilizan para revisar contratos, detectar riesgos, preparar reuniones, sintetizar información y apoyar decisiones financieras. La discusión dejó de ser si debían usar inteligencia artificial. La pregunta pasó a ser cómo reorganizar el trabajo alrededor de ella.
Mientras buena parte del debate público seguía concentrado en los agentes, John Deere transformó sus tractores en sistemas capaces de distinguir, mediante visión artificial, una planta de cultivo de una maleza. En lugar de rociar herbicida sobre todo el terreno, aplican el producto únicamente donde hace falta. Menos químicos, menos costos y una agricultura mucho más precisa.
Y mientras algunos todavía piensan que la inteligencia artificial amenaza el empleo, Rolls-Royce monitorea miles de motores de aviación mediante sensores y modelos predictivos capaces de detectar anomalías antes de que aparezca el primer síntoma de una falla. El objetivo ya no es reparar un motor. Es evitar que se descomponga.
Lo verdaderamente sorprendente es que ninguno de estos casos tiene que ver con escribir textos, tienen que ver con descubrir conocimiento, ahorrar millones de dólares, transformar industrias, evitar accidentes y acelerar decisiones que antes dependían de semanas o meses de trabajo humano.
La inteligencia artificial no está sustituyendo profesiones, está sustituyendo desperdicios de tiempo, de esfuerzo, de burocracia, de información repetida, de tareas que nunca fueron el verdadero propósito de nuestro trabajo.
Y ahí aparece una idea que, probablemente, definirá a los líderes de la próxima década: durante el siglo pasado, el valor de un profesionista estaba en su capacidad para ejecutar, hoy comienza a desplazarse hacia otra habilidad: dirigir personas, conocimiento, datos, automatizaciones, inteligencias.
No me refiero únicamente a la inteligencia artificial. Me refiero a la capacidad de coordinar inteligencias humanas y digitales para resolver problemas que ninguna de ellas podría resolver por separado.
Eso hace un director de orquesta, no toca todos los instrumentos, consigue que todos produzcan una obra extraordinaria.
Eso hará el profesional del futuro, no será quien más haga, será quien mejor dirija.
Desde hace tiempo, en Mexía consultoría en estrategia, comunicación e inteligencia artificial, hemos sostenido una convicción: la inteligencia artificial nunca debe sustituir el criterio humano, debe amplificarlo.
Delegar tareas repetitivas es inteligencia, delegar el pensamiento es irresponsabilidad.
Porque la ética sigue siendo humana, la creatividad sigue siendo humana, la responsabilidad sigue siendo humana y el juicio seguirá siendo humano.
Quizá dentro de algunos años resulte tan extraño presumir que hacíamos reportes manualmente como hoy resultaría presumir que resolvemos una hoja de cálculo con lápiz y papel.
La historia nunca ha premiado a quien cargó más piedras, siempre ha premiado a quien encontró una mejor manera de construir.
Y quizá esa sea la mayor lección de esta nueva era.
El siglo XX premió al mejor ejecutor. El XXI premiará al mejor Director de Inteligencias.
————————————————————–
*Miryam Camacho Suárez. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Vasco de Quiroga. Abogada por la Universidad Latina de América. Combina la precisión del derecho con la sensibilidad narrativa para explorar temas de integridad, transparencia y cultura digital. Actualmente desarrolla proyectos editoriales que entrelazan comunicación, ética y tecnología.