Lo encantador de Angine de Poitrine es que, además de que visualmente son disruptivos, su música es como un reloj borracho, con segundos más largos que otros

Jorge A. Amaral

De una vez, porque luego se me olvida. En este momento escucho a Angine de Poitrine, dueto quebequense formado por Khn de Poitrine y Klek de Poitrine, que se caracteriza por su estilo de math rock microtonal con influencias del techno ácido, música disco, rock y mucha psicodelia. El nombre es lo que dice: angina de pecho.

Lo encantador de Angine de Poitrine es que, además de que visualmente son disruptivos, su música es como un reloj borracho, con segundos más largos que otros, una guitarra súper limpia con distorsiones que aparecen de la nada, todo montado sobre estructuras que a veces confunden.

En su música, los tiempos cambian cuando menos uno se lo espera, pasando de un ritmo acelerado a uno lento en un segundo, metiendo métricas asimétricas que lo mantienen siempre adivinando qué sigue.

Además, tienen un estilo math rock que se queda lejos de los solos épicos del rock clásico, ya que privilegia el tapping, los arpegios cíclicos y ese sonido seco, casi metálico, que define al subgénero, todo con un toque industrial, que hace que la complejidad técnica se sienta más oscura y menos "limpia" que la de otras bandas.

No le diré más, sólo comentarle que Angine de Poitrine, más sonar como un infarto, su música es como soñar cuando se tiene fiebre.

El Malo del Bronx

Se acaba de morir Willie Colón, el hombre que consu trombón redefinió la salsa con un sonido crudo y callejero. Sí, ya sé que “El gran varón” y todo eso, pero en realidad, y le soy honesto, es la canción que menos me gusta de su repertorio.

Prefiero la dupla que formó con Héctor Lavoe, que es uno de los pilares fundamentales de la salsa. Y es que su impacto no solo se limitó a la innovación sonora con el uso del trombón y la voz característica de Lavoe, también revolucionó la imagen visual de la música latina en los Estados Unidos durante la década de los 70. Un caso emblemático de esto es la portada del álbum “Lo Mato (Si no compra este LP)”, de 1973.

Desde antes de “Lo Mato”, Willie Colón ya había establecido una estética muy específica en trabajos previos como “El Malo” y “La Gran Fuga”, en lo que la dupla adoptó una imagen gansteril, lo que resultaba atractivo para el público norteamericano de la época gracias el auge de películas de mafiosos.

Esto, en el contexto del Nueva York de los 60 y 70, en que la comunidad latina buscaba espacios de representación y poder, hizo que, al presentarse como tipos “fuera de la ley” o peligrosos, Colón y Lavoe proyectaran una imagen de respeto y dureza en los barrios de la Gran Manzana.

El responsable de esta narrativa visual en la portada de “Lo Mato” fue el artista neoyorkino Ron Levine, muy involucrado en la escena del rock, pero que, al estar inmerso en la escena cultural de Nueva York, conoció a Jerry Masucci, el cofundador de Fania Records.

Masucci quería profesionalizar la imagen de sus artistas para competir con los monstruos discográficos de la época, así que encomendó a Levine el diseño de portadas para la Fania.

A pesar del éxito y la popularidad que la música latina ganaba en los años 70, el dinero para la producción de discos era limitado, y eso obligó a los diseñadores y artistas a utilizar técnicas manuales y recursos creativos que hoy serían muy básicos.

Esta metodología artesanal otorgó a los discos de la Fania una identidad visual cruda y auténtica. La portada de “Lo Mato” es un ejemplo de ello, donde la composición fotográfica y el uso de elementos gráficos directos logran transmitir un mensaje contundente.

En la portada del álbum se observa a Willie Colón sosteniendo un arma que apunta a la cabeza de un hombre llamado José R. Padrón. Esta fotografía desafió las convenciones de cómo se debía representar la música latina, alejándose de los paisajes tropicales, con palmeras y sonrisas ensayadas.

El título completo del disco, “Lo Mato (Si no compra este LP)”, refuerza esta narrativa de “asalto” musical. La crítica especializada y los historiadores de la salsa coinciden en que este álbum es una de las joyas más preciadas del género, no solo por temas como “Calle Luna, Calle Sol” o “Todo tiene su final”, sino por la coherencia entre su sonido sombrío y honesto y su presentación visual. Escuche el disco y entenderá de lo que hablo.

Caída del ideólogo

Luego de prácticamente 4 días atrincherado en su oficina, Marx Arriaga dejó la Dirección de Materiales Educativos de la SEP. El despido fue extraño, atípico, y él supo jugar sus cartas. Primero, llega un funcionario de la SEP acompañado de policías para informarle que ha sido despedido. Entonces, Navarro, sabiendo que algo no cuadra, arma un espectáculo de martirio político al poner sus manos frente al policía al tiempo que lo reta a esposar al “autor de los libros de texto gratuitos”. Al policía le vale un cacahuate si es el autor de los materiales educativos o si es el inventor del pelapapas: fue siguiendo indicaciones y se le nota que preferiría estar en cualquier otro lado.

El funcionario de la SEP que va a decirle a Marx Arriaga que ahueque el ala porque ya no es bienvenido, ni siquiera dice de parte de quién va, al menos no a cuadro, y su risa nerviosa indica que, o se sabe parte de un complot, o, lo mismo que el policía, desearía estar en cualquier otro lado.

El burócrata no lleva un oficio de despido, y eso lo aprovecha Marx Arriaga para empezar un espectáculo que mediáticamente fue chusco, lastimoso y aparentemente innecesario. Claro, usted dirá que qué ridículo, y yo también lo dije, pero piénselo: le llegan a así, de repente, y le dicen “que dice Mario que ya no trabajas aquí, que ya le caigas a tu casa”, y simplemente toma su celular, las llaves del carro (que luego tiene que entregar porque ni suyo es, es de la oficina) y se va dejando la computadora ahí. Lo de menos es si dejó el Facebook abierto, o si no paró la música en YouTube. Recuerde que, tras su despido informal, salieron a relucir supuestas quejas y denuncias contra él y su pana, el venezolano Sady Arturo Loaiza, sobre malos manejos, exigencia de moches, tráfico de influencias para prometer plazas en la dependencia y vaya usted a saber qué más. Entonces, si en conversaciones WhatsApp o correos electrónicos hay evidencia de eso, o si en la computadora hay pruebas que puedan servir para incriminarlo y, en su caso, imputarle algún delito, menudo asunto. Marx no es tonto: al atrincherarse en la oficina, tiempo de sobra tuvo para eliminar archivos y pruebas documentales que puedan servirle a Mario Delgado.

Ahora bien, el que hasta que truena la bomba salgan a relucir quejas y denuncias, me resulta extraño. Si algo nos ha enseñado la cuarta transformación es que a los compas se les protege mientras son útiles, mientras saben cosas aún más fuertes, mientras convenga que estén callados, mientras se les deban favores. Si es así, se les defiende a capa y espada, aún a costa de la propia credibilidad, pese a lo insostenible que el personaje resulte. Por eso, estoy seguro (especulativamente seguro, aclaro) que Marx Arriaga dejó de serle útil a Mario Delgado y Claudia Sheinbaum y por eso su despido se dio de esa manera, al haber rechazado aquel la embajada que, según Delgado, le ofreció en recompensa a los servicios prestados al régimen.

Dice la SEP que el despido de Arriaga fue porque no quiso hacer cambios de los libros de texto, en tanto que Marx dejó detrás de sí una serie de acusaciones contra Mario Delgado, como el querer volver a privilegiar los contratos con grupos editoriales. Vaya usted a saber quién tiene la razón, porque, lo que soy yo, en parte les creo a los dos y en parte no le creo a ninguno. Sí creo que se le hayan querido hacer cambios a los libros y que aquél, como el José Vasconcelos de la cuatroté, se haya opuesto férreamente a que se le moviera a su obra, fundamental parta moldear las conciencias de los niños de la patria y formar en ellos el dogma de que un soldado en cada hijo te dio. Como también es posible que uno lucrara con los puestos de trabajo y que el otro quiera hacer negocio con editoriales, y que, a la hora de los trancazos, Mario Delgado tiene el poder, como un moderno Stalin, para deshacerse de un ideólogo de la transformación, fiel a los preceptos fundaciones del obradorismo pero incómodo parta los intereses individuales de quienes ya se empoderaron.

En fin: Mario Delgado ganó la partida y Arriaga se fue con un retrato de Carlos Marx bajo el brazo y en su lugar queda alguien con sus propios sambenitos, así que no se preocupe: nada cambia. Es cuánto.