Por VÍCTOR ARMANDO LÓPEZ
El sonido del teléfono en la madrugada es un ruido que Salvador Vázquez ha aprendido a reconocer antes, incluso, de abrir los ojos. Es un timbre que no admite el diferimiento, que no espera a que uno se tome un café o se estire en la cama. Es el ruido que avisa sobre una carretera bloqueada, de una comunidad que exige ser escuchada, de un conflicto que no puede esperar al amanecer.
Desde su oficina en el Palacio de Gobierno de Michoacán, donde las paredes respiran historia y los pasillos guardan los ecos de decisiones trascendentales, el director de Gobernación de la Secretaría de Gobierno de Michoacán despliega una energía serena pero implacable, un temperamento que combina la templanza del negociador con la firmeza del abogado.
A sus treinta y tantos años, Salvador Vázquez carga sobre sus hombros una de las responsabilidades más pesadas del estado: Ser el primer respondiente social, el vínculo de diálogo entre la ciudadanía que se manifiesta y las instituciones que deben atender sus demandas. Su historia, sin embargo, no comenzó en los pasillos del poder, sino en un pequeño pueblo de la tierra caliente, en el seno de una familia migrante, con una madre que vendía hilo y tela para sacar adelante a sus hijos, y un niño que, en lugar de jugar fútbol como todos los demás, prefería refugiarse en la biblioteca.
Así que su infancia transcurrió principalmente en Turicato, ese municipio del sur de la tierra caliente, pero también vivió en Tacámbaro, otro lugar que él describe como “maravilloso, grandioso”. Su vida adulta inicial, la de la educación superior, la vivió en Morelia, donde ha residido más años recientemente. “Por eso cuando me preguntas de dónde soy, yo te puedo decir que soy de varios lugares y que mi corazón está en Michoacán”, afirma con una convicción que no necesita aspavientos.
Su niñez fue en una familia de origen modesto, pero, enfatiza: ¡Feliz! “Un núcleo que se desarrolló en el trabajo totalmente”, precisa. Su madre estableció un negocio: Primero vendía hilo, luego tela y finalmente ropa. Ese negocio lleva veintiséis años funcionando, y Salvador creció despachando, atendiendo clientes, conviviendo en ese espacio donde la casa y el compromiso eran el mismo lugar. “Trabajábamos todo el día”, recuerda.
Pero al final de la jornada, siempre había espacio para escaparse a jugar con sus amigos. Uno de ellos, Jesús Gallegos, camarada suyo desde hace veinticuatro años.
Sin embargo, Salvador era diferente a los otros niños. “Por ejemplo, yo iba a la biblioteca”, confiesa. En un pueblo como Turicato, donde en aquel entonces no había telefonía celular, apenas un canal de televisión, los libros eran una ventana al mundo. Fue allí donde desarrolló el hábito de la lectura y la comprensión lectora, una habilidad que se convertiría en el pilar de su vida. “De un pueblito tan chiquito y tan lejano, pues no hay mucho más qué hacer”, dice con una sonrisa que evoca aquella tranquilidad. Sus juegos favoritos eran las escondidas y, en general, los juegos tranquilos, porque, admite, no era muy bueno para el fútbol.
Su adolescencia la vivió en Tacámbaro, en un internado mixto llamado CECADEG. Su madre había estudiado en ese mismo internado, y como Salvador era el mayor de la familia, la decisión fue que todos los hermanos pasaran por allí. Fue una experiencia formativa única. De lunes a viernes, los estudiantes dormían y vivían en la escuela. Se despertaban a las seis de la mañana, entraban a clases a las siete, desayunaban a las nueve, regresaban a clases, comían a las dos, tenían clases otra vez de cuatro a seis, cenaban a las siete, y luego tenían la “hora de estudio” de ocho a nueve, antes de dormir.
Los domingos, cuando llegaban, les permitían ver una película. No había televisión entre semana, no había teléfonos (en 2007, cuando las redes sociales apenas comenzaban, estaban prohibidos), no había comida chatarra, y por supuesto, alcohol y tabaco estaban radicalmente vetados. “Fue una adolescencia muy sana, muy muy sana”, resume. Fue también allí donde empezó a participar en concursos de oratoria y declamación, y donde sintió un interés creciente por temas relacionados con la administración pública, aunque todavía no supiera muy bien qué significaba eso.
La decisión de estudiar derecho tiene una raíz insólita y conmovedora. Salvador es el primero de su familia, tanto por línea materna como paterna, en tener estudios superiores. Viene de una casta muy modesta en ese sentido. Pero él recuerda una imagen del kínder que lo marcó para siempre. Su madre, por alguna razón que él todavía no termina de explicarse, decidió ponerle un traje completo, con saco y corbata, para su ceremonia de graduación en Turicato, donde hace un calor terrible. Mientras los otros niños iban con ropa fresca, él estaba enfundado en una chaqueta. Pero ese no fue el único detalle. También recuerda que, viendo la televisión, por alguna razón quería tener una oficina. Sus padres le compraron un mueble infantil con un banquito, un mini escritorio. Y él le puso un letrero que decía “Mi oficina”. “Como que desde mi infancia yo veía algo en el sentido burocrático”, reflexiona.
En la secundaria, participaba en concursos de oratoria y declamación, y ya intuía que se iba a dedicar a eso, aunque en la prepa, como todo estudiante de pueblo, tuvo dudas. “¿De qué voy a vivir? ¿De qué voy a trabajar?”, se preguntaba. Tenía habilidades en varias áreas, así que se le ocurrió la “grandiosa idea” de estudiar dos carreras al mismo tiempo: Estudios Sociales y Gestión Local en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Licenciatura en Derecho. Cursó un año ambas al mismo tiempo, pero en un momento de análisis muy personal, decidió enfocarse únicamente en el derecho. “Mi vocación es ser abogado”, afirma. “El derecho a mí me apasiona”.
En la facultad de derecho de la Universidad Michoacana, Salvador no fue un estudiante pasivo. “Pues intrépido”, se define. “Soy curioso desde niño. Me gusta dar aquí, meterme allá, investigar, saber”. La facultad de derecho, explica, es muy política. “Es una cuna, es un semillero político en Michoacán”. Allí hay procesos de renovación mediante elecciones, y él se integró de lleno. “Coloquialmente, como dicen, era grillo”, admite sin pudor. Se involucraba en los temas de la facultad, hacía sus asignaciones y evaluaciones, procuró siempre tener un buen promedio, y además era amigable, sociable, participativo.
Tenía amigos en varias secciones y turnos. Su desempeño académico no era el de un estudiante unidimensional: Si una materia no le interesaba, podía pasar con un promedio bajo, pero si el maestro era apasionado y docto, sacaba diez. “Todo lo que hagas, hay que hacerlo con amor, con pasión”, dice, parafraseando una filosofía que guía su vida. “Si no, mejor no lo hagas”.
Su incursión en la política partidista fue un proceso gradual, orgánico. Desde niño, en Turicato, veía los movimientos políticos del pueblo. La disputa casi siempre era entre partidos de izquierda (el PT, el PRD, Morena aún no existía) y el PRI. El PAN nunca tuvo presencia allá. Y él siempre cargó más hacia un lado: El de la izquierda. Pero fue en la universidad donde empezó a involucrarse realmente. Había maestros y amigos que estaban en procesos políticos, en campañas con candidatos. Fundó una asociación civil con enfoque en temas universitarios, pero que también tenía participación social externa. Sin embargo, en esa etapa, su prioridad era terminar la licenciatura. “Formalmente me incorporo a las actividades en 2020”, precisa.
Antes simpatizaba, acompañaba, pero su primera responsabilidad formal fue encargarse de un distrito completo. Y sus amigos más cercanos en ese proceso eran los que hoy conforman el equipo del gobernador Alfredo Ramírez Bedolla. Fue así como Salvador Vázquez, el niño de la biblioteca, se fue convirtiendo en el operador político que hoy es.
Hoy, como director de Gobernación de la Secretaría de Gobierno, su vida es un vértigo de responsabilidades que no conocen horarios. “Es todo un reto”, resume. Su día comienza a las seis y media de la mañana, cuando ya está atento al teléfono. A las siete, ya tiene encima los primeros reportes. Los lunes, por ejemplo, son los días más pesados. Él mismo relata una jornada típica: “Desde las siete de la mañana ya teníamos tres bloqueos. Uno en Salvador Escalante, otro en Los Reyes”. Hay que priorizar, asignar personal, decidir si él va personalmente o envía a alguien de su equipo. Luego, a partir de las nueve, comienzan las reuniones programadas. Algunas en el Palacio de Gobierno, otras con el secretario. Y así, de nueve a nueve de la noche.
Hay días en que no hay una brecha de tiempo mínima: Sales de una reunión y entras a otra, y otra, y otra. “Gracias al trabajo del gobernador, del secretario y de todo el equipo, hemos tenido una reducción de incidentes afortunadamente”, señala. Pero aún así, hay que estar al pendiente del teléfono, respondiendo solicitudes, documentos, estando atento a lo que pase en los 113 municipios. Porque Michoacán, lo sabe bien, es un estado difícil.
Salvador recuerda una madrugada en que lo despertaron a las dos y media. Había un accidente vehicular en Santa Casilda, un tema delicado, una comunidad que exigía atención. Él fue personalmente al lugar, a dialogar. “Acabamos al día siguiente a las ocho de la mañana”, cuenta. Esa es la realidad de su trabajo: Veinticuatro-siete, los siete días de la semana. Duerme alrededor de la una de la mañana, pero si hay una manifestación a las dos, él está allí. “Tanto los manifestantes como nosotros descansamos”, bromea, “pero hay eventualidades que se tienen que atender al momento”.
Lo más delicado de su trabajo, sin embargo, no es el horario, sino la naturaleza del diálogo. Salvador y su equipo son el primer contacto de la ciudadanía que se manifiesta. Son quienes se enfrentan cara a cara con los ánimos encendidos, con las consignas, con la desconfianza. “¿No te dan ganas de responder?” Le pregunta el periodista. ¿No dan ganas de poner un zape, de mandarlos al diablo? Salvador responde con una honestidad que desarma: “Yo soy de un perfil personal tranquilo, soy relajado”, explica. Pero más allá de su temperamento, hay una conciencia clara de su papel. “Ahí yo no soy Salvador Vázquez. Ahí soy el representante del gobierno”. Y como representante de una institución, no puedes tener reacciones personales. “Es mi trabajo recibir quejas e inconformidades”, afirma.
Pero también tiene una línea clara: El diálogo debe ser con respeto. “Si no se tiene una mesa con respeto, no se tiene la mesa”. Porque, sentencia, “la única forma de llegar al acuerdo es con respeto”. Y también con honestidad. “Yo soy muy directo y muy frontal en las reuniones. Les voy a decir las cosas como son. No porque quiera que un tema se acabe rápido voy a echar mentiras. Si no es posible la petición, lo vamos a explicar justificadamente y con alternativas”.
Una anécdota que atesora ilustra esta filosofía. Fue en una comunidad cercana a Los Reyes, llamada San Antonio Tierras Blancas. Era un domingo, y Salvador estaba en Quiroga. Lo instruyeron de ir a la manifestación. Era el que estaba más cerca, así que fue solo. “Llevaba una guayabera blanca”, recuerda. Llegó y se encontró con doscientas personas a su alrededor. Solo. Los manifestantes desconfiaban. No creían que él tuviera la autoridad para resolver nada. Tuvo que hacer llamadas, enlaces, incluso hablar en altavoz.
Poco a poco, el diálogo se fue abriendo. Terminaron trasladándose a la comunidad, sentándose en una mesa, comiendo juntos. “Era como mundos totalmente paralelos”, describe. “Un lugar donde estaban todos álgidos, todos suspensos, y ya que llegamos a la comunidad, trajimos de comer, un ambiente completamente diferente, como si hubiera sido una reunión planeada”. Al final, la conclusión fue que si los manifestantes hubieran solicitado la reunión de forma oficial, se la habrían dado de inmediato, sin necesidad de ocho horas de bloqueo. “Siempre les digo en las reuniones: Búsquenos antes. No nos vamos a negar a una mesa”.
Salvador Vázquez no es un hombre que viva para el poder, sino que ejerce el poder como una responsabilidad ética. En sus tiempos libres, que son escasos, su mayor refugio es la lectura. Una de las obras que lo marcó fue “Historia del siglo veinte” de Eric Hobsbawm. “Ese libro me cambió la perspectiva de cómo comprendía el mundo”, confiesa. “Porque narra que de todos los miles de años de la humanidad, en cien años cambió todo”. También le gustan las meditaciones de la época clásica. Pero el tiempo para leer ha disminuido por la presión del cargo. En sus momentos de respiro, disfruta salir a caminar por el bulevar García de León o por el Bosque Cuauhtémoc, cerca de la secretaría. “Simplemente sentarme un poco a descansar, porque en ocasiones son tantas las cosas que uno tiene en la cabeza, que necesita darse un momento y respirar, como meditar, contemplar”.
El deporte que practica es el ciclismo, individual, en solitario o con amigos. Del fútbol y el basquetbol confiesa con humor: “Salí muy malo”. Una vez, intentando jugar basquetbol, un compañero de casi dos metros le cayó encima y casi le rompe el brazo. “Desde entonces dije: Algo más para mí”.
Salvador colecciona, aunque sea difícil, porque es nostálgico. Su madre le dice “tilinchero”,que guarda cosas. Cada lugar de Michoacán que visita, trata de traer un recuerdo: un llavero, una mariposa de algún municipio. Tiene un librero lleno de “cositas de Michoacán”.
También guarda teléfonos viejos, como un Moki Express 5300 que le regaló su papá, uno de esos que se deslizaban hacia arriba. Y es fanático de las máquinas de escribir. “Tengo un par de ellas”, dice. Antigüedades, tecnología obsoleta, objetos que son evidencia de un paso del tiempo que él se resiste a olvidar.
En la comida, es fiel a la cocina michoacana. Su platillo favorito es el que le hace su mamá cuando va a visitarla: Un guiso de carne de cerdo en salsa verde (con tomate), que tiene varios nombres según la región. También es fanático de las chopas, el pescado estilo Churumuco, una delicia de la tierra caliente que comparte con su región natal. Para beber, agua de limón, o en ocasiones especiales, mezcal, “porque en mi región son muy mezcaleros”. Y es que, como él mismo señala, esta industria en Michoacán tiene un potencial enorme y es parte de los objetivos de la administración apoyarla.
Cuando se le pregunta a quién admira, su respuesta es inmediata y se divide en dos planos. En lo personal, admira a su madre. “Una mujer muy trabajadora, todo lo que tiene lo ha tenido a base de trabajo. Nos ha apoyado a todos sus hijos. El día de hoy sigue trabajando su negocito. Incansable, mujer comprometida, honesta, un gran ser humano”.
En lo político, no tiene dudas: Andrés Manuel López Obrador. “No ha habido un líder político en la historia moderna que pueda hacer lo que hizo Andrés Manuel: Organizar un movimiento y en poco tiempo llegar a la Presidencia de la República, y más allá, los cambios trascendentales en la vida pública”. También menciona a Nelson Mandela como un referente internacional.
El nombramiento de Salvador Vázquez como director de Gobernación llegó el 1 de julio de 2024. Pero incluso antes de que lo presentaran formalmente en la oficina, ya tenía su primera tarea. A las 9:00 horas fue a dialogar sobre la reapertura de la COFOM, que llevaba nueve meses tomada. “Esa fuw mi primera tarea, mi primer minuto”, recuerda. “Atendimos el tema a las nueve de la mañana, y de ahí me trasladé a la presentación de que yo iba a ser el nuevo responsable de la oficina”. No hubo período de adaptación, no hubo días de gracia. Fue directo al fuego.
Al servidor público se le cuestiona: ¿De qué pueden estar seguros los michoacanos con el trabajo de Salvador Vázquez? A lo que responde: “De que la atención está disponible veinticuatro siete. Y de que su servidor les va a hablar con toda honestidad y franqueza”. Por eso, pone a disposición un número telefónico (44 34 91 24 44) para que la gente contacte directamente a la Dirección de Gobernación antes de tomar una carretera o bloquear un acceso. “Nos vamos a ahorrar seis u ocho horas de manifestación si podemos tener la mesa de forma directa”, insiste. Porque, en el fondo, su trabajo es eso: un puente, un vínculo, una apuesta por el diálogo como la única vía civilizada para construir el estado que Michoacán necesita.
Al participar en la dinámica de “La llave mágica”. Salvador Vázquez señala que con ella le abriría a Michoacán la puerta de atención. “La Secretaría de Gobierno tiene como prioridad a Michoacán y su transformación.
Salvador Vázquez es, en esencia, un hombre de diálogo en un estado que a veces parece haberse olvidado de esa palabra. Es un servidor público que entiende que su autoridad no emana de un título, sino de la capacidad de escuchar, de tender puentes, de decir la verdad incluso cuando duele. Es, como él mismo se define, un abogado apasionado de Michoacán, pero también un hijo de la tierra caliente que aprendió en la biblioteca de un pueblo que el conocimiento es la mejor herramienta para transformar la realidad.