Además de la narrativa, la novela aprovecha otros géneros: desde el lirismo poético de los delirios de Paquita hasta la crónica de las cartas militares
Édgar Omar Avilés, colaborador La Voz de Michoacán
Los mil ojos de la selva es un viaje fascinante a las entrañas de nuestros Méxicos profundos, una obra donde la realidad se vuelve pesadilla y la historia oficial se fractura para revelar sus grietas. Para lograr esto, Omar Delgado, entrelaza con talento la recreación histórica del México porfiriano, la exploración de la condición humana a través de personajes marginados y la incorporación de elementos fantásticos-legendarios que transforman la selva yucateca en un territorio de horror.
El punto de partida en la novela es la redada de los 41, ese suceso que en 1901 expuso públicamente la existencia de una comunidad travesti en el corazón de la aristocracia mexicana. Sin embargo, el autor no se conforma con la mera recreación histórica; en su lugar, imagina un destino alternativo. Luego del escarnio público, documentado históricamente, la obra propone que los travestidos son enviados a la Guerra de Castas en Yucatán, dispuestos como cocineros, carne de cañón y desfogue sexual de los militares.
El autor comprende que la ficción histórica debe funcionar como una lente de aumento que revele verdades más profundas que los meros datos cronológicos. Así, la novela se convierte en una reflexión sobre el poder, la exclusión, la hipocresía y la manera en que el Estado moderno construye sus enemigos internos para luego sacrificarlos en aras del "progreso" y la "civilización".
Los protagonistas de la novela son seres liminales que habitan entre fronteras: entre lo masculino y lo femenino, entre la aristocracia y la marginalidad, entre la vida y la muerte. Entre ellos, Jesusa, conocida como "la Chucha", es el corazón emocional. Su tránsito del glamour capitalino a la brutalidad militar revela una complejidad psicológica muy bien lograda: es una sobreviviente que conserva su dignidad incluso en las circunstancias más degradantes. Su relación con otras personajes, como Paquita, es una postura trágica sobre el amor, la culpa y la pérdida.
Cada uno de los "Ninfos", como los bautizó despectivamente la prensa de entonces (término que retoma Omar Delgado), representa una faceta distinta de la resistencia. Juana Bala, con su fortaleza física y su temperamento explosivo, encarna la rebeldía. Augusta, el poeta travestido, mantiene viva la belleza y el refinamiento incluso en el infierno. Rogelia aporta la solidaridad práctica del trabajador manual. Juntos conforman una micro sociedad que preserva valores humanos en medio de la deshumanización sistemática.
Los mil ojos de la selva no romantiza el sufrimiento ni proclama mártires. Por el contrario, entre la civilización y la barbarie, pinta a los personajes capaces de ternura y violencia, de sacrificio y egoísmo, de esperanza y desesperación. Aún la muerte, cuando tiene lugar, se muestra con una crudeza poética.
La novela alcanza su mayor originalidad en la incorporación de elementos fantásticos y de terror que transforman la selva yucateca en un personaje más de la narrativa. El bosque es una entidad viva, dotada de conciencia y malevolencia. Justamente, los mil ojos del título sugieren una vigilancia omnipresente que hace de cada paso de los personajes un acto de transgresión cosmogónica.
La presencia del presbítero Hilario Alegría da una dimensión erudita al horror. Sus cartas al presidente Díaz, repletas de referencias a criaturas míticas mayas como el Che Uinic, la Xtabay y, sobre todo, el Kakasbal: un ser que representaría mejor al diablo cabrío (heredero del Dios Pan, asociado a la naturaleza salvaje) que el Diablo cristiano; todo ellos son parte de un enfrentamiento de poderes ancestrales que preceden y trascienden la civilización occidental-cristiana. Esta tensión entre modernidad y primitivismo, entre razón e irracionalidad, constituye uno de los ejes temáticos más ricos de la obra.
En la obra de Omar Delgado, el horror no es gratuito, ni mero exotismo. Es un terror psicológico y existencial, un miedo que emana de la atmósfera asfixiante y de la inexorable transformación del entorno. Funciona como una metáfora de las fuerzas históricas que escapan al control humano, de esa violencia fundacional que subyace a todo proyecto civilizatorio. La selva "verde infierno" es, también, un espejo que refleja la barbarie que se oculta tras la máscara del progreso porfiriano. Y en medio del horror, sus protagonistas mantienen viva una ética del cuidado mutuo que constituye una forma de resistencia más profunda que la mera supervivencia física. La manera en que cuidan aún al moribundo (del cual no daré nombre para no spoilear aún más), su negativa a abandonarlo a pesar de las amenazas, es un momento de esperanza en el género humano.
Además de la narrativa, la novela aprovecha otros géneros: desde el lirismo poético de los delirios de Paquita ("Árboles carnívoros y carroñeros / Árboles que extienden sus ramas como un alarido blanco") hasta la crónica de las cartas militares. Esta diversidad estilística refleja la naturaleza híbrida de la obra, que se mueve constantemente entre la crónica histórica, el relato de aventuras, la narrativa de terror y la elegía.
Los mil ojos de la selva es una obra ambiciosa, de prosa fluida, que honra la memoria de los excluidos sin caer en el sentimentalismo, que abraza lo fantástico a la vez que el compromiso social, que construye un universo narrativo donde el horror y la belleza coexisten en tensión permanente. Una novela que no duda en incluir o excluir elementos sexuales o altisonantes cuando así lo requiere la trama; que logra mostrar personajes conmovedores que hacen crecer la tensión por medio de la voluntad por sobrevivir y la dignidad en medio del caos. Sus decisiones, desesperadas y arriesgadas, son testimonio de la fuerza del espíritu humano.
Esta novela es, además, parte del universo de distopía histórica que el autor ya nos mostró en Habsburgo, novela en la que Maximiliano regresa de la muerte y Benito Juárez tiene poderes chamánicos.
Enhorabuena por la imaginación, la historia, la exploración de la condición humana y por el Premio de Novela José Rubén Romero 2025, galardón que da mucho gusto que recayera en una obra como ésta y en un escritor como Omar Delgado.
Edgar Omar Avilés (Morelia, 1980). Narrador y ensayista, a lo largo de su trayectoria ha obtenido múltiples premios como el Binacional México-Quebec de cuento 2003, el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2008, el Michoacán de Cuento Xavier Vargas Pardo 2010, el Nacional de Cuento Joven Comala 2011 y el Premio Michoacán de Ensayo María Zambrano 2012. Por su prolífica trayectoria y destacada obra, el diario La Voz de Michoacán le otorgó la Presea José Tocavén Lavín, en 2010.