El infrarrealismo, más que una corriente, fue una postura vital que surgió en la Ciudad de México en los años setenta y reunió a jóvenes que se negaban a aceptar las jerarquías literarias establecidas
Erandi Avalos, colaboradora La Voz de Michoacán
Estoy en medio del bosque de Fontainebleau, leyendo la novela Los detectives salvajes (1998), del escritor chileno Roberto Bolaño. Eso no tendría nada de especial, de no ser porque uno de mis anfitriones inspiró al personaje “Piel Divina” que aparece en esta novela. Jorge “Piel Divina” es un hombre de teatro, performer, escultor, poeta y fundador del movimiento infrarrealista. Aquí, a media hora de París, vive con su esposa, la artista Joël Rapp.
El infrarrealismo, más que una corriente, fue una postura vital que surgió en la Ciudad de México en los años setenta y reunió a jóvenes que se negaban a aceptar las jerarquías literarias establecidas que impedían la entrada a cualquiera que no perteneciera al circuito oficial o que no hubiera pasado por la academia o la educación universitaria. Abogaban por el derecho universal de escribir, de publicar y sobre todo: de tener la libertad de ser artistas sin el permiso de otros. En uno de los tres manifiestos surgidos del movimiento, Mario Santiago Papasquiaro escribe (así, en mayúsculas): “¿QUÉ PROPONEMOS? NO HACER UN OFICIO DEL ARTE MOSTRAR QUE TODO ES ARTE Y QUE TODO MUNDO PUEDE HACERLO OCUPARSE DE COSAS “INSIGNIFICANTES” / SIN VALOR INSTITUCIONAL / JUGAR / EL ARTE DEBE SER ILIMITADO EN CANTIDAD, ACCESIBLE A TODOS, Y SI ES POSIBLE FABRICADO POR TODOS”.
Igual que los veinte miembros fundadores, Jorge no aspiraba a ser institucionalizado; su objetivo era vivir con congruencia e intensidad. “Éramos todos muy jóvenes. No era nada más una oposición a Octavio Paz, era una necesidad de reinventar la poesía”. En total, fueron veinte los iniciadores del movimiento, entre los que quiero destacar a los hermanos michoacanos Ramón y Cuauhtémoc Méndez, quienes regresaron a su tierra, donde no tuvieron el reconocimiento necesario a su talento; y a José Peguero, quien tuvo la amabilidad de presentarme a Jorge. Por cierto, Juan Pascoe, tacambarense de corazón, también fue cercano al grupo.
Todos coincidían en que era necesario "volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial". Comenta Jorge: “Nos habían llenado la cabeza y las páginas de literatura, de frases poéticas que no correspondían a la sensibilidad de la época”.
Mientras Octavio Paz escribía sonetos (sin demeritar sus logros, claro):
Bajo el cielo fiel Junio corría
arrastrando en sus aguas dulces fechas,
ardientes horas en la luz deshechas,
frutos y labios que mi sed asía.
Los infrarrealistas se saltaba la barda literaria. Aquí un fragmento de El burro, de Bolaño:
Y a veces sueño que Mario llega
Con su moto negra en medio de la pesadilla
Y partimos rumbo al norte,
Rumbo a los pueblos fantasmas donde moran
Las lagartijas y las moscas.
“Nosotros lo que hicimos fue nombrar las calles, los mercados, el nopal, las personas, la ‘prietez’, pero para eso había que conocer y sentir esa realidad. Ya no es la poesía de salón, sino que todo hace parte de la poesía. Mucha gente no lo entendió: era escandaloso, afónico, destrabado” cuenta Jorge.
Aquí un fragmento del poema Abriremos nuestros pulmones a un aire sin veneno, de Jorge Hernández:
Tomo de los latidos de tu corazón el grito de los ángeles.
Para empezar el día te regalo mi canto,
mis caderas constructoras,
el aullido de mis verdades de acero.
La vida la vida la vida ¿quién dijo?
“Cuando creas un movimiento de vanguardia, en algunos años será la retaguardia. Pero es bueno saber que creamos un movimiento genuino, sin saberlo, porque no te levantas una mañana diciendo: ‘voy a hacer un movimiento de vanguardia’. Eso no existe. Lo más importante del movimiento infrarrealista no fue tanto la produccion o no producción poética, porque publicamos muy poco, sino el hecho de abrir las mentes, el espíritu de mucha genta a una expresion diferente”.
Ellos abrieron el camino a generaciones futuras: “Antes era necesario, para ser escritor, pasar por la Facultad de Letras. Lo que hicimos fue decir: el arte puede ser creado por todo el mundo. Así que ahorita hay más infrarrealistas en México que cuando nosotros empezamos. Gente de barrios marginales que nunca imaginaron que podrían hacer poesía lo están haciendo. El infrarrealismo liberó la palabra, de alguna manera”.
Que nadie piense que aparecer en Los detectives salvajes es el mayor mérito de Jorge “Piel Divina”. La obra más importante es su propia vida, su persona, y la ha forjado a través de los años, con o sin espectadores, sin hacer públicas muchas de sus andanzas, cruzando el continente americano, en México o en Europa. “Yo soy más bien un poeta oral y un inspirador: un 'muso'”, dice. “Mi raíz, es muy importante. En mi pueblo, en Oaxaca, casi cualquier evento de la vida podía dar origen a un mito. Nosotros no teníamos televisión. Nos sentábamos al fuego y compartíamos historias que se volvían parte del maginario”. Ya esa riqueza la ha llevado consigo hasta hoy.
En esta casa hay belleza y afecto en cada rincón. Por la mañana, rompe el silencio una pieza de Franz Schubert desde el piano del salón. Pauso mi lectura, dejando en esas páginas a los “real visceralistas”, y salgo de la habitación. Es Joëlle Rapp quien toca. Ya en el desayuno, le pregunto sobre los infrarrealistas y dice: “Para mí, que conocí a sus integrantes, el infrarrealismo me recordó el movimiento Dadá”, y, entre risas, cuenta: “cuando comencé a salir con Jorge me advirtieron: cuidado, esos chicos son jóvenes peligrosos”.
Recuerda que “los encuentros infrarrealistas ocurrían en bares, en cantinas, e incluso en rings de boxeo de barrio”. Eran un grupo en movimiento.
Joëllle Rapp, francesa de orígenes polacos, mujer inquieta, brillante y policreativa. Estudió matemáticas, después arquitectura y, al mismo tiempo cursó también la carrera de artes visuales en la Escuela Nacional Superior de las Artes Decorativas de París. “A medio día, en lugar de ir a tomar un café, iba a una tienda de pianos donde dejaban tocar a la gente. Me interesó mucho la música, pero me incliné por el arte visual, aunque ahora me doy cuenta de que son lenguajes similares. Cuando pinto o dibujo estoy creando partituras visuales suspendidas en el tiempo, sin principio ni final”.
Buscando ampliar sus horizontes, llegó a Nueva York con una prestigiosa beca en el área de la arquitectura, pero, estando ahí, sintió que se estaba traicionando a sí misma y, en un acto de valentía y congruencia — para ella, el arte “no es una profesión, sino una enfermedad incurable”—, renunció a la beca y regresó a París. Por azar del destino, llegó a México (como la Virgen de Guadalupe) un 12 de diciembre “a reaprenderlo todo”, dice. “Hay una vitalidad en México que aquí en Fancia hace falta”. A través de Relaciones Exteriores comenzó a trabajar en su obra en la entonces Academia de San Carlos. Durante la inauguración de su primera exposición en México, conoció a su cómplice y compañero, Jorge “Piel Divina”.
Llegaron juntos en 1982 a Francia —territorio históricamente fértil para los exilios y las reinvenciones— para criar a sus hijos, primero en París y luego en este bosque. Vivir en Francia no los domesticó; al contrario, les permitió expandir sus lenguajes. En ese cruce cultural, la memoria latinoamericana se mezcla con la tradición europea, generando una tensión fértil. También trabajan de forma individual porque su visión sigue siendo la escencia del infrarrealismo: la libertad creativa. Sorprende su versatilidad: utilizan todo tipo de materiales e ideas, principalmente los que el bosque les provee: uno corta y talla, otro pinta; ambos van dando forma conceptual o material. Pero también cartón, papel, plástico reciclado. Cualquier cosa en sus manos puede transformarse en una pieza sencilla o compleja. En la transmisión de conocimiento, disfrutan impartiendo talleres a los más pequeños: “Los niños me han enseñado qué es el arte”, dice Joëlle.
En 2011, en la Unidad Zacatenco del Instituto Politécnico Nacional de México, realizaron una serie de esculturas monumentales que dialogan con la identidad y la memoria institucional, configurando una constelación escultórica frente al Planetario Luis Enrique Erro, en la Ciudad de México.
Para Joëlle, la materia es primordial y no solamente utilitaria: es parte del proceso y está directamente relacionada con su búsqueda estética. Joëlle crea como una mujer de magia: “los temas y las formas se van revelando para manifestar una presencia a través del dibujo, la pintura o la escultura”. Frente a mí, va desplegando un gigante de cinco metros, pintado en negro sobre blanco en partes iguales. “¿Quién es? ¿Un muerto, una persona viva? Por todo lo que pasa en Israel, con mis orígenes judíos; ver lo que hacen: genocidios que no entiendo. No voy a hablar más porque me pongo a llorar”. Tan solo con esta pieza quedan claras la destreza de su trazo y el dominio de la composición. “Surgió parte por parte, como un cuestionamiento y eso le da un carácter distinto”.
Con los hijos ya fuera del nido, Jorge y Jöelle más que biografías separadas, conforman una constelación afectiva, estética y profundamente contemporánea. Si bien ellos no necesitan al mundo para ser, el mundo sí necesita conocer su historia de arte e inspiración. Es importante estudiar más a fondo y difundir con mayor fuerza la obra de estos dos artistas. Es momento de una gran retrospectiva, de un catálogo razonado que involucre tanto a instituciones mexicanas como francesas.
*Gracias a Adriana Sandoval y José Peguero.
Erandi Avalos, historiadora del arte y curadora independiente con un enfoque glocal e inclusivo. Es miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte Sección México y curadora de la iniciativa holandesa-mexicana “La Pureza del Arte”. erandiavalos.curadora@gmail.com