Descubre por qué ‘Juana’, la ópera prima de Daniel Giménez Cacho, es más que una película sobre periodismo. Una charla profunda sobre silencios.

“Para mí, por contradictorio que suene, Juana es una película esperanzadora: habla de reconciliarse con el pasado y con la verdad de una misma”

— Diana Sedano

Hay películas que no terminan cuando salen los créditos. Juana, ópera prima de Daniel Giménez Cacho es de esas.

La escribo ahora porque acaba de llegar a salas de cine y todavía puede encontrarse en algunas funciones. Pero también porque estamos en esos días en los que el calendario se llena de flores, desayunos y mensajes por el Día de las Madres. Y, sin embargo, hay otras maternidades que no caben en esa celebración. O que la atraviesan de una forma distinta. Pensar en esta película, en este momento, es inevitablemente pensar también en ellas.

Tuve la fortuna de verla meses antes de su estreno, durante el Festival Internacional de Cine de Morelia, y todavía hoy, cuando intento explicarla, siento que cualquier palabra se queda corta. No porque no se pueda contar de qué trata, sino porque lo que provoca no cabe del todo en una sinopsis.

Es una historia sobre una periodista. Sobre una mujer que sobrevive entre la rutina del periódico, el cuidado de una madre enferma y un pasado que no termina de irse. Pero decir eso es apenas tocar la superficie. Porque en realidad, lo que la película hace es abrir una herida. Y sostenerla.

La primera vez que escuché la frase “si no se nombra, no existe” dentro de la película, sentí algo moverse incómodamente. No como una idea nueva, sino como una verdad que preferimos esquivar. Hay silencios que se heredan. Silencios que se instalan en la casa, en el cuerpo, en la historia de una familia. Y hay un momento a veces tardío, a veces inevitable, en el que alguien decide romperlos.

Juana es esa mujer.

Lo que más me impactó fue la forma en que la película construye ese tránsito. No desde el escándalo, no desde lo evidente, sino desde lo íntimo. Desde ese lugar donde el dolor no siempre tiene palabras, pero igual está ahí, latiendo. Y ahí es donde aparece Diana Sedano.

Su interpretación es de esas que no se olvidan. No porque sea grandilocuente, sino porque es profundamente contenida. Hay escenas en las que no dice nada y, aun así, lo está diciendo todo. Su cuerpo carga la historia. Su mirada la sostiene.

Tuve la oportunidad de conversar con ella después de la proyección y hubo algo que me quedó muy grabado. Me dijo que uno de los mayores retos fue no pensar en el peso del personaje, no dejarse aplastar por él. Que lo importante era encontrar el impulso vital de Juana para seguir existiendo. Esa idea me persiguió.

Porque, al final, eso es lo que vemos en pantalla: a una mujer tratando de seguir. No de manera heroica en el sentido tradicional, sino desde un lugar mucho más real, mucho más cercano. A veces anestesiada. A veces rota. A veces con una claridad que incomoda.

Hay una escena en particular que se ha quedado conmigo: un grito. Un grito que no estaba en el guion. Que surgió en el set, a partir de una intuición, de una confianza entre actriz y director. Diana me contó que pidió silencio total para filmarla, que necesitaba un espacio contenido para poder llegar ahí. Antes de rodar, puso una canción: Sin miedo, de Vivir Quintana. Cuando terminó, hicieron la toma. Ese fue el grito que quedó.

Y cuando lo ves, lo entiendes. No es solo el grito de un personaje. Es algo más grande. Más colectivo. Más profundo. Mientras lo escuchaba, pensé inevitablemente en todas las mujeres que han tenido que guardar cosas para poder seguir adelante. En todo lo que no se dice. En todo lo que se queda adentro.

Y también pensé en las madres que buscan.

En las que sostienen fotografías en marchas, en las que recorren caminos, en las que no tienen un cierre posible porque la historia sigue abierta. Hay un eco entre ese grito y esos otros silencios que el país ha normalizado demasiado. Y entonces la película deja de ser solo una historia íntima y se vuelve una conversación urgente.

“En el grito de Juana estamos todas”, me dijo. Y sí.

También me conmovió mucho la relación con la madre. Esa tensión entre lo que se dice y lo que no. Entre el amor y el silencio. Entre las generaciones que repiten patrones y las que intentan romperlos. Hay una escena entre ambas que se despoja de todo: palabras, miedo, incluso del propio cuerpo. Y en ese despojo ocurre algo profundamente humano. Incómodo, pero necesario. La película habla del silencio, pero también de lo que cuesta romperlo.

Daniel Giménez Cacho mencionó en la conversación que muchos de los periodistas con los que habló nunca se habían preguntado por qué hacían lo que hacían. Que ese motor profundo, esa necesidad de seguir incluso cuando hay riesgo, no siempre es clara. Y eso atraviesa toda la película.

Porque más allá del oficio, más allá del contexto político, lo que vemos es a una mujer enfrentándose a su propia historia. A lo que fue. A lo que calló. A lo que aún duele.

Hay algo profundamente femenino en la forma en que está contada. No solo por sus personajes, sino por la manera en que explora los vínculos, los cuerpos, la memoria. No busca dar respuestas fáciles. No cierra con certezas. Pero sí abre una conversación. Y eso, en estos tiempos, es muchísimo.

Salí de la sala con esa sensación que pocas veces aparece: la de haber visto algo que importa. No en un sentido solemne o académico, sino en ese lugar más visceral donde una reconoce que lo que acaba de pasar en pantalla tiene eco en la vida real.

Pensé en mis hijas. En lo que queremos enseñarles. En lo que queremos que no tengan que callar. En las conversaciones que aún nos faltan como sociedad, pero también dentro de casa.

A veces creemos que el cine, como la literatura, es una forma de escapar. Y sí, lo es. Pero también puede ser una forma de volver, de mirar de frente, de nombrar. Y si algo hace Juana es eso: nombrar. Aunque duela.

Yazmin Espinoza

Yazmin Espinoza es Comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.

Instagram: @historiasparamama