Perfil del filósofo y realizador teatral, fallecido los primeros días de 2026, que deja un profundo pesar en la comunidad teatral y filosófica michoacana.

Víctor E. Rodríguez Méndez / Colaborador de La Voz de Michoacán

Tocado por una pasión irrefrenable por el pensamiento humano y la magia del teatro, Roberto Briceño cerró finalmente el telón de la función que por mucho tiempo iluminó las aulas y los escenarios. Nacido en la Ciudad de México, encontró en Morelia su hogar perfecto, donde durante casi medio siglo tejió un legado indeleble en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH) y en otros espacios como director escénico, actor, dramaturgo, filósofo, investigador, académico y formador de generaciones que hoy lamentan su partida con el corazón encogido. Hoy mismo es considerado una de las figuras más importantes de las artes escénicas en Michoacán y un referente nacional en la intersección entre teatro y filosofía.

Apenas darse la noticia de su fallecimiento el pasado 6 de enero, innumerables muestras de pesar se dejaron sentir al unísono en el medio cultural moreliano a través, sobre todo, de redes sociales. Instituciones como el Centro Cultural Helénico, el Centro Dramático de Michoacán y el Instituto de Investigaciones Filosóficas lo recordaron como un profesor entrañable, generoso artista y referente indispensable del teatro. La UMSNH resaltó la pasión por el conocimiento y el teatro de Briceño que “transformó vidas”, según se lee en su página de Facebook.

Colega suyo en la academia, Eduardo González Di Pierro escribió: “Amante del teatro como nadie, el telón ha bajado para él y saldrá a escena en otra dimensión a recibir los aplausos que merece de todos nosotros, espectadores y partícipes de esa gran obra que fue su vida”. Mario Alberto Cortez, ex director de la Facultad de Filosofía, compartió un mensaje: “Al enterarme de la muerte de nuestro querido maestro, no puedo evitar recordar esa antigua convicción de que formar el espíritu a través del cultivo de la filosofía es también aprender a transitar con lucidez y dignidad el último umbral. Roberto siempre encarnó, tanto en su labor en las aulas como sobre las tablas del teatro, esa profunda verdad, al enfrentar con entereza, durante toda su vida, las condiciones impuestas por la enfermedad que le afectó desde la infancia”.

A propósito de esto último, imposible no mencionar la presencia de su incansable compañera Citlali Marino Uribe, quien junto con su hija Xanat fueron férreo sostén en la obra y vida del realizador teatral y académico.

Víctor Manuel Pineda, en una estampa publicada en 2024 en la revista Devenires, da cuenta de su primer encuentro con Roberto Briceño como oyente en una clase, en la que “estaba Roberto, lanzando fuego apocalíptico, en una alocución al más puro estilo del padre Mapple, encarnado por Orson Wells en Moby Dick, aquella película dirigida por John Houston en la que el personaje en cuestión no está en un púlpito sino en la proa de un barco, dirigiéndose a su feligresía en un estado de arrobamiento y advirtiendo sobre la impiedad de la vanitas vanitatum”. Y agrega después: “Me subí de polizonte al barco de la filosofía, aquella tarde en la que Roberto Briceño estaba al frente de la proa”.

Alumno de la misma Facultad, Pavel Irán Martínez también recordó sus “batallas diarias colectivas, académicas, vivenciales, artísticas, culturales, social-populares y subversivas, no sólo como un extraordinario profesor y ser humano, sino un gigante compañero de luchas”. Otros muchos testimonios dan fe de la admiración que suscitó Briceño en la comunidad teatral y filosófica mexicana, siempre enfocado en hacer visible lo humano a través del teatro y el pensamiento: “Era imposible no disfrutar sus clases; su manejo de voz, su intensidad para hablar de filosofía, su sonrisa sincera cuando te hablaba fuera del aula”, “pocos profesores como él, tan comprometido con sus clases y su ideología”, “nunca más una voz como la suya”, “el gran mago del pensamiento artístico-estético”, “de las más bellas voces y de una gran presencia”, entre otros.

La Asociación Teatral Contrapeso lamentó el fallecimiento de su pilar fundador de este colectivo y de Foro Eco. “Nuestras condolencias a su familia, alumnos, colegas y amigos. Siempre estará en nuestro corazón y quehacer escénico”, escribió en su mensaje. Por su parte, La Ceiba Foro Teatral y Catexia Arte y Cultura para la Comunidad lo definió como un gran maestro y formador de generaciones, cuyo legado “vive en cada escena habitada por quienes aprendimos de su amor por el teatro y su generosidad en cada clase, en cada ensayo, en cada charla compartida”.

Teatro y filosofía: un solo motor

Roberto Briceño Figueras nació el 24 de agosto de 1950 en la Ciudad de México. Desde joven mostró interés por las artes, influenciado por su entorno familiar (su abuela tocaba piano y su abuelo pintaba). Inicialmente pensó en estudiar medicina, pero se inclinó hacia el arte y la filosofía. Recordaba que una de las primeras funciones que vio fue “una especie de pastorela”, antes que ver mucho tiempo después teatro “más formal” con obras de Alejandro Jodorowski y Carlos Ancira.

En 1971 empezó a actuar en la Ciudad de México en montajes profesionales en obras de Jean Paul Sartre, y con Salvador García hizo también trabajo de calle, entre otros, según recordaba: “En la avenida de los Insurgentes, por la colonia Roma, salíamos a improvisar y a meternos con la gente, que no sabía que era una representación”.

Desarrolló una prolífica carrera en Michoacán, donde se radicó y dejó un legado indeleble. Fue profesor, investigador asociado y decano en la Facultad de Filosofía “Dr. Samuel Ramos Magaña” y en la Facultad Popular de Bellas Artes (FPBA) de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).

Fundador en 1995 de la Asociación Teatral Contrapeso y pilar del emblemático Foro Eco, hizo del teatro un acto de generosidad permanente. Como dramaturgo, montó obras como Mirada y Si Heidegger no hubiera muerto. Influenciado por Brecht, Beckett y Sor Juana, fusionó teatro y filosofía para explorar lo humano. Recibió el Premio Estatal de las Artes Eréndira (2011) y la Distinción al Mérito Teatral (2014).

Briceño consideraba al teatro como “una forma de vida y parte de la vida”, en alusión a la frase de Luigi Pirandello. “Me parece que de las artes escénicas es la que actualmente nos puede dar esperanza hacia un futuro menos hostil”, dijo en una entrevista, a la vez que proclamaba “regresar a los clásicos del teatro” porque, decía, ahí todo es más humano. Y es que el teatro, según señalaba, “nos permite reencontrarnos con nosotros mismos”.

En una conversación con el proyecto multimedia Hecho en Michoacán, Briceño habló sobre la fuerte relación entre el teatro y la filosofía, considerando que para él eran “un solo motor”. Aunque disfrutaba por igual la actuación y la escritura dramática, destacando el trabajo colectivo en el teatro, particularmente lo que más le emocionaba era la dirección teatral, “porque ahí se siente uno dueño de muchas cosas; hay que estar pensando en diferentes aspectos al mismo tiempo y me encanta, me parece fascinante la dirección de actores y la dirección de escena”.

Filósofo de pensamiento profundo, humanista por convicción, director escénico tenaz y visionario, actor entregado y dramaturgo inspirado, Roberto se empeñó en convertir cada palabra en un puente entre la reflexión y la emoción, entre el silencio contemplativo y el estruendo de las tablas. Decía con su voz cálida y reflectante: “A diferencia de otras artes escénicas, el teatro tiene la ventaja de que para existir tiene que hacerse enfrente de espectadores por parte de actores. El teatro es en vivo e in situ, y eso le da un peso enorme, una fuerza indiscutible”.

A continuación, una serie de opiniones sobre el legado artístico y académico de Roberto Briceño, así como varios recuerdos personales de quienes lo conocieron y llegaron a trabajar con él.

Roberto Briceño y su legado

Gunnary Prado Coronado, profesora y persona de teatro: “La labor artística y académica de Roberto no se puede visualizar de manera separada: era un filósofo y un profesor, y era un director de teatro y dramaturgo que entendía que la filosofía y el teatro eran una sola actividad. Para él estos dos lenguajes eran uno solo. Su teatro siempre fue un proyecto de filosofía y toda la filosofía que Roberto promovió, pensó, escribió, siempre tuvo ese carácter teatral en tanto los temas y la forma, siempre desde la perspectiva de la performance. Es muy robusto su legado académico y universitario; hay que pensar que fue fundador e impulsor de la Facultad de Filosofía, pero también de la Facultad de Bellas Artes y de la licenciatura de Teatro. Su impronta no es espacio-tiempo, sino de momentos importantes en la vida del teatro y de las personas que hacemos esa actividad”.

Josefina María Cendejas, autora, profesora-investigadora de tiempo completo en la UMSNH, miembro del SNI: “Roberto Briseño fue un intelectual y un artista, y conciliaba muy bien ambas facetas de su actividad, lo cual es algo muy difícil. Casi siempre las exigencias de la vida nos obligan a optar por una cosa o la otra, pero para él parecía que no había conflicto. Se desempeñaba de manera notable tanto en la academia como en el teatro y, más aún, en este terso transitar era capaz de fecundar cada ámbito con semillas del otro. Creo que ésa es una de las claves de su legado”.

Alfredo Durán, doctor en Artes y Humanidades, docente de Teatro en la FPBA: “Su legado artístico es increíblemente grande. Fue un maestro que renovó de alguna manera las artes escénicas en Michoacán y también del país. Fue director invitado en otras compañías y eso habla muy bien de su legado artístico. Académicamente fue uno de los mejores maestros que tuvo la UMSNH; hablo por la FPBA que tenía una superestructura académica en todas las materias que él impartía. Era un sabio en algún sentido, bien informado, un pedagogo del arte”.

Fernando Ortiz, director escénico: “El legado artístico de Roberto es su persistencia a través de un taller que llevó a cabo durante más de veinte años. Por ahí pasó mucha gente que quería hacer teatro. Su trabajo dramatúrgico y en escena siempre estuvo bañado por su postura filosófica. Los alumnos y compañeros de la universidad tendrán mucho más clara la aportación académica que pueda tener. Hoy la mayoría de los grupos de teatro tienen algún miembro que pasó por el aula y fue alumno de Roberto”.

Juan Velasco, profesor de filosofía en la UMSNH y teatrero en Contrapeso: “En Morelia y en Michoacán es uno de los introductores de visiones contemporáneas del teatro, montando textos y autores poco conocidos en nuestro medio con interpretaciones personales que resultaron disruptivas en su momento. Es, sin duda, un creador que nunca dejó de ser un formador. Entendió el proceso creativo como una forma de estimular la formación y crecimiento de todas las personas involucradas”.

Roberto Sánchez Benítez, profesor investigador de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez: “Roberto fue una figura destacada en el ámbito artístico, cultural, académico y social. Su compromiso con ideales claros y transparentes era admirable, especialmente en momentos de represión e incomprensión. Recuerdo su apoyo a causas campesinas, como la lucha contra la instalación de un reactor nuclear en Zirahuén. En el ámbito académico, Roberto hizo importantes contribuciones al desarrollo de los estudios humanísticos en la UMSNH, especialmente en filosofía, historia y bellas artes. Formó profesores y artistas en estas áreas y su influencia en el teatro fue notable”.

Ismene Mercado García, maestra en Filosofía de la Cultura, narradora oral y poeta: “El mayor legado que construyó a lo largo de su vida fue trascender el espacio académico. Estar cerca de él era como una constante cátedra, pues su manera de ser y conducirse apabullaba porque era un hombre siempre generoso, un observador tenaz, con un inmenso pensamiento crítico del que se desprendían planteamientos siempre agudos pero justos. En el ámbito artístico, considero que su mayor legado fue su convicción y compromiso con el arte, su resistencia y confianza en el valor humano que ésta tiene”.

Roberto Briceño en la memoria

Gunnary Prado: “Roberto estuvo en mi vida desde que yo era muy pequeña, porque mi señor padre también fue profesor en la Facultad de Filosofía, mi mamá estudió ahí, yo nací y crecí en esa Facultad. Estuve muchos años en el taller de Roberto, se convirtió en mi maestro en la licenciatura y luego trabajé con él de manera profesional, entonces es demasiada historia juntos. Hay demasiadas anécdotas personales, pero en todas ellas lo que prevalece es el buen humor y la solidaridad sin límites. Impartió clases muy importantes, formó a muchas generaciones de actores y jamás nos pidió nada, más que compromiso con el propio taller y con el grupo. Luego, con Juanjo (Segurajáuregui) y Juan (Velasco) abrieron el Foro y recibían a todo el mundo. Te daba tiempo, te prestaba libros, te asesoraba, te revisaba los textos. Es algo que tendría que convertirse en parte de sus enseñanzas”.

Josefina María Cendejas: “Conocí a Roberto siendo estudiante de Filosofía, él fue mi maestro y en aquel momento también era el director de la Facultad. Como todos, quedé maravillada por su magnífica voz —una voz profunda, hermosa, inigualable— pero también por la riqueza de los conocimientos que nos compartía en clase. Era imposible ser estudiante de Roberto y no hacer amistad con él; pienso que nos miraba a todos como personas, como iguales, sin que eso le restara ni un ápice de su autoridad. Algunos años después, en 1991, realizamos juntos un proyecto enorme: la puesta en escena del espectáculo conmemorativo del 450 aniversario de Morelia en la plaza Valladolid. Yo coordinaba los festejos por parte del ayuntamiento y le pedí a Roberto que dirigiera la obra. Mi propuesta era que debía ser un evento épico, como lo había visto en un sueño, y Roberto supo darle forma. El resultado fue apoteósico. Más de 200 personas en escena, entre actores, bailarines, músicos, cantantes, y hasta caballos. Quienes lo presenciaron saben que nunca se ha vuelto a intentar algo parecido”.

Alfredo Durán: “En 1991 Roberto Briceño me invitó a dirigir el espectáculo Morelia 450 para conmemorar el 450 aniversario de Morelia. Él fue el director general, yo el director de escena. Estábamos muy jóvenes, pero tuvo la confianza necesaria para decirme a mí. A partir de ese momento fuimos grandes amigos. Lo invité para que participara en dos o tres obras de teatro conmigo como actor; al mismo tiempo él empezó a ser director de teatro con el grupo Contrapeso que fundamos en ese entonces. El nombre lo pusimos porque en el teatro usábamos mucho los contrapesos para subir y bajar escenografías y hacer la magia que se necesitaba en ese momento para hacer teatro”.

Fernando Ortiz: “En muchos momentos estuve cerca con él platicando y analizando algunas propuestas de puestas en escena. Durante varios años tuvimos la idea de trabajar juntos Contrapeso y Colectivo 60 Mil, pero nunca pudimos aterrizar la idea. Otro de los aciertos del trabajo de Roberto fue haber fundado el Foro Eco, que dio respiro a los trabajos de los grupos que ya no pudieron presentarse en lo que fue la extinta Bodega”.

Juan Velasco: “Es uno de mis maestros más influyentes. Con él reconocí lo que era solo una intuición cuando estudié la licenciatura. La política, la filosofía y el teatro están entreveradas. Es una suerte de carambola de tres bandas. Y también juntos fuimos aprendiendo que la disciplina nunca debe lastimar. Para decirlo simple, para mí fue un maestro y, sobre todo, un amigo”.

Roberto Sánchez: “Le estoy agradecido por haberme permitido ingresar a la Escuela de Filosofía. Su entrevista y apoyo me permitieron inscribirme a destiempo, lo que cambió mi vida. Recuerdo sus preguntas y su enfoque marxista, que dominó nuestros estudios de licenciatura. Su conocimiento de la lingüística y la semiología era impresionante”.

Ismene Mercado: “Lo que más recuerdo de él es su estado sereno, incluso cuando atravesaba algún malestar físico o congoja y, por supuesto, su contento. Siempre, hasta donde le fue posible, estaba contento y así saludaba, así daba la clase, así se despedía, con una alegría tersa, respetuosamente afectuosa y cálida. Te daba lugar en su presente, te escuchaba atento y curioso y respondía siempre con generosidad sabia”.

Se cierra el telón…

Gunnary Pradoresalta deRoberto Briceño su fortaleza mental y física, y lo describe como “un hombre con mucha habilidad para el teatro”, porque “era un director muy inteligente que entendía la escena de manera muy particular, y era un formador excepcional, un muy buen profesor de filosofía; sobre todo, se pierde un actor muy importante”.

Para Josefina María Cendejas, fue un ser humano siempre abierto a las ideas y a la interacción creativa con todos y que “nunca tuvo la soberbia típica del intelectual, quizás porque su sensibilidad artística y su experiencia de trabajo grupal en el teatro le permitían tener una comprensión más amplia de lo humano, no sólo desde la razón sino desde las pasiones más vitales”. Fernando Ortiz resalta la tenacidad y la solidaridad con los movimientos políticos, con las diferentes corrientes de actividades artísticas de los últimos treinta años: “Siempre estuvo ahí con una opinión, siempre estuvo presente”.

Compañero de andanzas, Juan Velasco lo considera un hombre que se desplazó y se asentó sobre cuatro puntos de apoyo: conocimiento, honestidad, congruencia y empatía. “Es un maestro en el sentido más clásico del término”, dice, y agrega: “Siempre busca que la luz no lo pueda superar. Nunca se guarda ningún consejo, ninguna experiencia, ningún conocimiento, ningún de referencia. Lo que busca es contribuir al crecimiento de la persona con la que está trabajando. Y va en esta combinación verbal de presente y pasado porque ésa es la relación con él”.

También colega teatral en varios momentos, Alfredo Durán lo describe como “un gran ser humano, incapaz de enojarse con sus semejantes; se nos va un gran amigo, una persona de las que hay pocas en esta vida”. Por su parte, Roberto Sánchez afirma: “Es necesario escribir una página destacada sobre su legado en las instituciones universitarias, su impacto en la cultura y las artes en Michoacán, así como su activismo social congruente”.

Para Ismene Mercado, Roberto Briceño era “un ser integro, pleno, con anhelos constantes para hacer más de lo que se puede hacer”, señala. Y añade finalmente: “Lo recuerdo como un maestro muy amoroso que te encantaba con su sapiencia, con sus claros y oscuros que, incluso, lo volvían más cercano, más congruente; era un ser único y particular que llenaba el espacio con su presencia tranquila y con su voz de firme de montaña”.

Y así, en un instante las penumbras sellan el último acto del gran mago. Mientras, la comunidad cultural siente su ausencia como un telón que ha caído demasiado pronto.

Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.