Los rituales cumplen su función más honesta: nos ayudan a seguir. Y a veces, eso basta.
Yazmin Espinoza / La Voz de Michoacán
Cada 31 de diciembre repetimos el mismo gesto colectivo: fingimos que el tiempo se detiene, hace una pausa breve, y luego vuelve a empezar. Doce campanadas, un brindis, un abrazo. Como si el calendario pudiera cerrar lo que quedó abierto y ordenar el caos de un año entero.
Por eso existen los rituales. No porque funcionen, al menos no en el sentido mágico que prometen, sino porque nos tranquilizan. Son intentos simbólicos de negociar con la incertidumbre, pequeños acuerdos con un futuro que no responde promesas ni planes.
Sabemos que nada cambia de verdad a las doce en punto. Y aun así, participamos. Incluso quienes dicen no creer hacen el ritual “por si acaso”. Los rituales de cierre de año funcionan como un placebo emocional colectivo. No curan, pero alivian. Nos permiten decir “hasta aquí” sin tener que resolverlo todo. En tiempos de prisa e inestabilidad, ese gesto simbólico vale más de lo que parece.
Tal vez el error es pedirles demasiado. El año no se cierra del todo, ni el nuevo empieza desde cero. Pero en ese espacio simbólico entre uno y otro, los rituales cumplen su función más honesta: nos ayudan a seguir. Y a veces, eso basta.
Aquí algunos de los más populares:
Las 12 uvas: un clásico hispanoamericano. Se come una uva por cada campanada, pidiendo un deseo por cada mes que comienza. Es un gesto que mezcla paciencia, esperanza y un poco de diversión con el riesgo de atragantarse.
Ropa interior de colores: rojo para el amor, amarillo para el dinero. Quien lo sigue lo hace con la convicción de que los colores pueden “influir” en la suerte; aunque sea solo una excusa para reírse de uno mismo mientras cruza los dedos.
Quemar papeles: escribir lo que se quiere dejar atrás y convertirlo en cenizas. Un acto simbólico de liberación, pequeño ritual de limpieza emocional que no resuelve problemas, pero ayuda a soltarlos un instante.
Salir con maletas: caminar alrededor de la cuadra con ellas. El objetivo es atraer viajes durante el año. Más que magia, es un gesto de deseo y de juego que nos recuerda que la ilusión también se mueve.
Listas de propósitos: la versión moderna del acto de fe. Nos hacen creer que podemos cambiar de golpe, aunque la vida real no espera a que el calendario nos dé permiso.
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