Julia Ávalos comparte una conmovedora carta a su padre, un periodista bohemio que cambió los trajes por libros de Poe, magia en el pasto y retazos de pensamiento crítico.
Cada día viajabas más de una hora para llevarme a una escuela que se encontraba, dependiendo del grado, a dos o a quince minutos de mi casa. En cada momento del pequeño trayecto, me preparaste para el destino al que me llevabas. Sin que yo me diera cuenta, metías en mi cabeza todos los retazos de pensamiento crítico que encontrabas en tu mochila.
Acudiste tantas veces al mismo lugar a escuchar quejas, sermones que debían ser para mí, consejos sobre cómo educarme que no pensabas seguir, todo porque era lo necesario para recuperar mi libro amarillo de cuentos de Poe, así como otros de los títulos que fueron confiscados de mi entonces incipiente biblioteca personal.
Cada quince días, sacabas magia de algún lugar, siempre natural, siempre en el corazón de lo verde: el zoológico, el parque, el balneario. Bajo las nubes cinemáticas que nos proyectan una nueva función cada día, en un jardín, un cuadro aislado y vivido, un pedazo de tiempo que ya es muy lejano para que la memoria pueda poseerlo por completo, o un lugar de mi mente donde, frente a mis ojos, convertiste pasto arrancado en rana. Años después, delataste el truco, pero todavía no has logrado hacer que te crea. No habrá explicación alguna que puedas darme que me quite la idea: yo se que ese día hiciste magia, aunque tú no lo sepas.
Más cafés que verdes eran las casas de tus amigos poetas, terrazas de luz de luna, donde, viendo a la nada, pensaba. El pensamiento me consumía, me tragaba. Mientras ustedes hablaban yo me quedaba absorta en los choques de galaxias y los agujeros negros que se comerían la tierra algún día. Te desperté tantas noches llorando por el inevitable destino de nuestro planeta. En un artículo de gastronomía que escribiste sobre el uso de las tortillas en el espacio, me juraste, con el periódico como testigo, que estaba a salvo de los monstruos negros.
Una mañana fresca, comencé a escribir un texto (que no pensaba entregar) en la computadora de la primaria, en el que te agradecía que no fueras ni un doctor ni un abogado. Una niña corrosiva leyó lo que escribía y se ofendió, porque su padre era abogado y el padre de su amiga, doctor. Entonces ella me hizo saber de las profesiones que dichos señores ostentaban esperando, supongo, que me avergonzara y me disculpara. Pero su reclamo encendió una luz en mis adentros. Supe que estaba en lo correcto: que mi fortuna era infinita por tener de padre a un bohemio, un periodista no titulado, rojo y poeta, en vez de a un hombre nefasto, un muñeco de traje bien peinado. Quién sabe qué sería de mí si yo no me hubiera formado en tu cuarto húmedo, buscando formas en sus goteras, escuchando discos y viendo películas para las que era muy pequeña. Conservo apenas fragmentos del arte más mórbido y exquisito, claro, perdidos en mis recuerdos, en mi memoria consciente, pero incrustados en el fondo de mi corazón, poético como el tuyo. Lo vuelvo a decir: gracias por no ser un abogado.
Julia Ávalos
Julia Ávalos, rodeada de libros desde siempre. Hoy, estudiante de letras, me gusta observar el mundo y describirlo.