Tarimbaro, Mich. | Mauro Díaz Baeza/Acueducto.- No es solo una historia que se repite año con año. Es una decisión.
Cargar una cruz de más de 80 kilos, bajo el sol, en un recorrido largo, no es un accidente ni una obligación. Es algo que se elige. Mario Silva Hernández, originario de Tarimbaro, lo ha hecho durante cinco años seguidos.
Imagen Mauro Díaz Baeza/Acueducto Noticias
Y no lo dice como sacrificio, lo vive como algo que quiere hacer. Interpretar a Jesús, para él, no es solo actuar, es una emoción, un gusto, incluso un privilegio.
La escena arranca con la sentencia. Los gritos: “¡crucifíquenlo!”. Y luego el camino. Las tres caídas. El desgaste. Nada de eso se siente ligero, aunque todos sepan cómo termina.
Y alrededor, la gente también decide estar ahí. Caminan todo el trayecto.
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Se meten. Actúan, organizan, acompañan. Es una tradición de más de 60 años, pero no se sostiene sola: se sostiene porque hay quienes la hacen.
Y eso sucede desde la infancia… Ahí están los niños, aunque miran distinto. Algunos con curiosidad, otros con incomodidad. No todo parece actuación.
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Y sí, todo se graba. Todo queda en el celular. Pero hay algo que no entra ahí: el peso real, el calor, el cansancio en las piernas, la respiración agitada.
Porque verlo no es lo mismo que cargarlo.
Después de algunas subidas, el recorrido termina en el barrio de La Cruz. La crucifixión. El cuerpo se queda inmóvil. El ruido baja.
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Y entonces, una niña pregunta si sigue respirando.
Ahí se entiende todo: hay cosas que se pueden ver… y otras que solo se viven.
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