¿Hacemos arte porque estamos destruidas? ¿O nos destruimos un poco más cada vez que convertimos el dolor en material?

Ivana Cortés, colaboradora La Voz de Michoacán

Ayer estaba releyendo La muerte de un ciervo de ciudad (Cuarta República. Editorial de Michoacán, 2025) de Isis Olaya mientras escuchaba una playlist que oía por ahí del 2019 al 2020. La mezcla entre la música, el clima y las palabras me llevó a dejarme habitar por la nostalgia y atravesar una regresión muy fuerte. No sólo a esos años, sino a la versión de mí en ese momento.

Hay algo muy extraño al leer sobre el duelo porque no sólo recuerdas a la persona y los vínculos que has perdido. También rememoras la ciudad. Las canciones. La luz de la habitación. El trabajo que tenías en ese momento. La versión de ti misma que estaba intentando sobrevivir. Mientras leía La muerte de un ciervo de ciudad, me di cuenta de algo que no esperaba: este libro no sólo habla del duelo de Isis. Me estaba devolviendo el mío.

Dejé de escribir durante tres años, y no fue porque no tuviera cosas que decir. Fue porque había tanto y no sabía cómo acomodarlo. Era un caos tan grande que no encontraba la forma de volverlo lenguaje. Ni siquiera sabía si quería hacerlo o si tenía sentido escribir desde ahí, pero leyendo al Ciervo me pasó algo muy concreto: me dieron ganas de escribir otra vez. No porque el duelo sea romántico. No porque el dolor sea productivo, sino porque Isis nombra la herida con una naturalidad tan cruda, tan clínica, tan cotidiana, que te hace pensar: yo también tengo cosas que decir. Yo también puedo intentar explicarme.

Además,  La muerte de un ciervo de ciudad no es una obra sobre una ruptura. O al menos no solamente. Es un libro sobre lo que pasa cuando alguien no nos elige… y el mundo tampoco nos da permiso de desmoronarnos. El ciervo que aparece aquí no es una metáfora tierna. No es un animal decorativo. Es un sistema nervioso con patas. Es la ansiedad caminando por la ciudad. Es el apego. Es la autoexigencia. Es el cuerpo que intenta rendir en el trabajo mientras por dentro está temblando. Es el Excel de la junta de las 10 de la mañana que no tienes listo porque el corazón está latiendo fuera de ritmo.

Por lo anterior, el verdadero conflicto no es un hombre. Es el entorno. Es el trabajo. Es la expectativa de estar bien a las ocho de la mañana, aunque hayas consolidado el sueño a las siete cuarenta y tres. Es la ciudad, una ciudad que no mata al ciervo, sino que lo entrena. Lo vuelve funcional. Lo hace eficiente. Lo convierte en alguien que dice "estoy bien" mientras se está rompiendo, y eso es brutalmente contemporáneo.

A lo largo de los cinco apartados, la voz poética vuelve a la herida. Repite. Regresa. Y quiero decir algo sobre eso: esa reiteración no es descuido. Es la forma misma del duelo. El duelo no avanza en línea recta. Avanza en espiral. Una cree que ya entendió algo y, de pronto, vuelve a pensarlo desde otro lugar. Vuelve a la misma escena. A la misma pregunta. A la misma idealización. La repetición aquí no es pobreza de lenguaje. Es síntoma. Es la mente rumiando. Es la herida tocándose una y otra vez para comprobar que sigue ahí. Y si el libro insiste, es porque así funciona la mente cuando está tratando de sobrevivir.

La obra de Isis Olaya, ganadora en la categoría poesía de la convocatoria Palabras de Colibrí 2025, no es únicamente una historia íntima, sino, generacional. ¿Cuántas veces hemos confundido ansiedad con intuición? ¿Cuántas veces hemos llamado destino a lo que era incertidumbre? ¿Cuántas veces hemos llenado silencios con narrativa? Aquí no se romantiza el colapso. Se le atraviesa, disecciona y pone bajo luz blanca. Aquí se habla de terapia, del sistema nervioso, de diagnóstico, se desgaste estructural por expectativas no cumplidas. Sin embargo, esto no se siente pesado. Tampoco forzado. No se siente como un tratado clínico. Resulta orgánico. Se siente como alguien que está hablando mientras todavía tiembla un poco, lo cual es muy difícil de hacer.

Hay, además, una pregunta incómoda que flota en este libro y que creo que muchas personas que escribimos nos hemos hecho alguna vez: ¿Hacemos arte porque estamos destruidas? ¿O nos destruimos un poco más cada vez que convertimos el dolor en material? No voy a responder eso, pero sí voy a decir que La muerte de un ciervo no convierte el dolor en espectáculo. Lo convierte en proceso. En regulación. En quedarse.

La muerte del ciervo no es un disparo. Es un suspiro después del temblor. Es entender que pertenecer no debería doler. Es dejar de pedir disculpas por estar cansada. Es quedarse en la habitación… y no morirse.


Ivana Cortés (Michoacán, 1994). Escritora michoacana egresada de Lengua y Literaturas Hispánicas de la UMSNH. Su obra ha sido publicada en antologías y revistas digitales, y ha participado en diversos encuentros literarios en el país.