Asaid Castro/ACG – Morelia, Michoacán
Desde la calle Primero de Mayo, número 335, la Curia Pastoral de Morelia pasa casi inadvertida. No hay anuncios, ni filas, ni visitantes sacando fotografías. Apenas una puerta abierta que no promete más allá de su fachada, como si el edificio prefiriera no llamar la atención.
Basta cruzar la puerta para que el ruido del Centro Histórico se apague de golpe, hasta el ritmo cambia y se vuelve más lento.
Los muros blancos, los pasillos largos y las bóvedas amplias construyen una atmósfera que remite más a una película antigua que a un edificio administrativo en pleno corazón de la ciudad. No es un museo, pero tampoco es un lugar común, es un espacio que se mantiene vivo y coordina gran parte de la comunicación de la arquidiócesis de Morelia.
Un espacio que parece sacado de una película
La luz entra sin prisa, los pasos resuenan distinto y el silencio se vuelve parte del recorrido. La Curia Pastoral no se impone: se revela poco a poco, como esos escenarios que no necesitan explicación para dejar huella.
La capilla del Sagrado Corazón de Jesús aparece al inicio, un crucifijo de madera domina el centro; detrás, el altar dorado y lila concentra la mirada. Los domingos en las mañana, la capilla se llena con vecinos de la colonia que acuden a la misa comunitaria. Entre semana, el lugar sigue vivo, aunque de otra manera.
“El inmueble fue originalmente una casa religiosa. Con el paso del tiempo, el espacio se donó para el cuidado de sacerdotes vinculados a la curia y más tarde quedó a cargo de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, nombre que conserva hasta hoy la capilla que se resguarda en su interior”, explica Irving, seminarista que recorre el espacio con familiaridad.
La pastoral, dice Irving, es todo lo que sucede más allá de la misa: la catequesis, la evangelización, los medios de comunicación, la planeación de grupos y movimientos. En estas oficinas se escribe, se coordina y se decide, aunque desde afuera no se note.
Una casa viva en el corazón de Morelia
Oficinas, capilla, jardín y salones de reunión conviven en un mismo espacio que funciona todos los días. No es un edificio detenido en el pasado, sino una casa habitada que sostiene la vida pastoral de la arquidiócesis.
En los corredores, algunas personas conversan en voz baja; otras esperan sentadas en bancas. Nadie parece tener prisa. Las columnas de cantera y los pisos ajedrezados sostienen una escena que se repite todos los días, sin sobresaltos.
El jardín central sorprende; amplio, verde, rodeado por arcos de dos niveles. Al centro, un pirul extiende sus ramas sin alardes. “Es el árbol más antiguo de la casa”, cuenta Irving. Nadie sabe cuántos años tiene, pero ha estado ahí desde el inicio, creciendo sin hacer ruido, como el propio edificio.
El acceso es público en horarios de oficina, de nueve de la mañana a dos de la tarde. Grupos juveniles, movimientos laicales y visitantes ocasionales entran muchas veces por curiosidad, al ver la puerta abierta. Algunos se quedan un rato sentados en el jardín, otros entran a la capilla, otros simplemente miran.
En la parte baja del inmueble, lejos de las miradas, se edita el periódico diocesano Comunidad Cristiana. En salones contiguos se realizan cursos, talleres y reuniones, y en realidad todo ocurre sin estridencias.
Incluso los espacios más cotidianos conservan una estética detenida en el tiempo: oficinas con libreros de madera, puertas azules, computadoras encendidas sobre escritorios antiguos, baños que siguen funcionando como hace décadas. No hay intención de modernizarlo todo; solo lo necesario para que siga siendo útil.
La Curia Pastoral no está escondida, pero tampoco se exhibe y permanece en pleno Centro Histórico de Morelia, abierta a quien decida entrar. No busca ser un atractivo turístico, pero lo es. No pretende sorprender, pero lo logra.
Al salir, el ruido de la ciudad regresa de golpe, incluyendo el tránsito, las voces, los claxonazos. Detrás queda la casa blanca, respirando en silencio, como si alguien acabara de decir “corte”.