Jorge A. Amaral analiza la narcopolítica en México tras el silencio de Alito Moreno y el peluche de la diputada Julieta García.

Jorge A. Amaral

Cada vez que tiene un micrófono cerca, Alejandro Moreno, líder nacional del PRI, arremete contra Morena con la misma letanía: “narcogobierno”, “los corruptos de Morena”, “los narcopolíticos” y una serie de mantras que repite cada vez que puede.

En el caso de Rubén Rocha Moya y el estado de Sinaloa ha sido implacable, si él pudiera ejecutaría el gobernador con licencia en la plaza pública.

El caso es que, ahora que sale el tema de los Cabrera Sarabia, un grupo delictivo que ha operado en Durango desde la década de los 90 (según lo revelado por Oscar Balderas en Milenio), el líder priista se ha visto muy mesurado y conciliador, incluso permisivo, por no decir que se hace de la vista gorda.

No es que a Alito se le haya acabado la pila, es que el estado de Durango es gobernado por un priista: Esteban Villegas. Bueno, este señor recibió una alerta amarilla en su visa por parte del gobierno de Estados Unidos.

Además, el gobernador de Durango ha sido relacionado con el grupo delictivo de los Cabrera Sarabia, quienes han sido amos y señores de ese estado en colaboración con el Cártel de Sinaloa.

Alito, cuestionado sobre si pediría que Esteban Villegas pida licencia para ser investigado, como reclamó en el caso de Rocha Moya, dijo que no es para tanto, que ese es un tema que le compete al gobernador Villegas, que los de Morena sí son narcopolíticos y por ello rechazó cualquier posibilidad de que en su partido haya gobernantes coludidos con la delincuencia.

Mire usted, el problema de la narcopolítica en México no es privativa de un sexenio, no es exclusiva de un partido político. La narcopolítica es larga data y los criminales no tienen militancia partidista: si les conviene, buscan someter al Estado esté quien esté en la silla, sin importar sus colores.

Los criminales no tienen ideología política, buscan poder, dinero y mantener el control de las plazas, y para ello buscarán imponerse sobre el gobierno y la sociedad, por lo que cualquier servidor público o político de cualquier color que haga negocios con ellos es un narcopolítico.

El lavado de manos de Alejandro Moreno resulta absurdo, porque el estado de Durango siempre ha sido gobernado por el PRI, salvo un pequeño paréntesis entre 2016 y 2022, en que el panista José Rosas Aispuro gobernó la entidad, y el gobierno actual es por la coalición del PRI, PAN y PRD.

Alejandro Moreno podrá lavarse las manos, pero es imposible lavar la reputación de la clase política mexicana.

De peluche

El artículo 116 de la Constitución de México señala que el poder público de los estados se dividirá para su ejercicio en Ejecutivo, Legislativo y Judicial, y no podrán reunirse dos o más de estos poderes en una sola persona o corporación, ni depositarse el Legislativo en un solo individuo. Es decir que los poderes del Estado son, aunque interrelacionados, autónomos entre sí, independientes en su labor.

En tiempos el viejo PRI siempre vimos un Poder Legislativo controlado por el Ejecutivo debido al mayoriteo, y aunque había cierta disidencia opositora, ésta era aplastada a la buena o por las malas. Con el tiempo los partidos de oposición fueron ganando terreno y elecciones, y con ello pasaron a formar bancadas que, juntas, aprobaban o rechazaban reformas. Esto abonó a la democracia, y la pluralidad política coadyuvó en la construcción de la alternancia durante tantísimos años ansiada.

Ya en tiempos actuales esa pluralidad fue mandada al carajo por el fanatismo y la polarización. El actual régimen, que además resultó ser transexenal, arrojó una generación de legisladores tómbola, pero también (y por lo mismo) sumisos, mansos, amaestrados para decir que sí a todo lo que del Poder Ejecutivo les llegue.

Poco a poco la pluralidad que la oposición construyó en el Congreso de la Unión se fue desvaneciendo por quienes, ya en el poder, vieron que el autoritarismo y la fusión de poderes era más provechosa para sus intereses políticos. Del Poder Judicial ya ni hablemos.

En Michoacán, el virus llegó a la Casa del Pueblo y la convirtió en la casa chica del Ejecutivo, que ve aprobadas todas sus reformas sin moverles casi nada. Y si alguien viene y me dice “oye, estás exagerando, nuestros diputados son libres, no están alienados”, no diré nada, ni siquiera volteé a ver a la presunta persona, sólo le mostraré la imagen de la recién ungida diputada Julieta García al momento de rendir protesta.

La diputada entró a la actual Legislatura en calidad de tercera plurinominal tras la solicitud de licencia de Fabiola Alanís, quien ahora buscará la candidatura a la gubernatura por Morena.

Como usted recordará, la suplente de Alanís Sámano no era Julieta García, sino Aned Edith Ayala García, actualmente jefa de Enlace Sectorial (lo que sea que eso signifique) en el gobierno que encabeza Alfredo Ramírez, y declinó asumir la curul porque tiene mucho trabajo, o eso dijeron. Al final fue una decisión muy decorosa y hasta aquí dejamos el tema.

Bueno, retomando el asunto de la diputada Julieta, ella llegó muy contenta desde Lázaro Cárdenas a la casa del pueblo, ahora también su casa por segunda ocasión. A la hora de decir el típico “sí protesto”, en su brazo derecho tenía apergollado al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla en su advocación de muñeco de peluche.

La diputada García Zepeda dijo que estaría abierta a la construcción de diálogos con todos los partidos políticos, pero sí dejó en claro a quién se debe y a quién le debe: “Orgullosamente trabajando con mi gobernador Alfredo Ramírez Bedolla”, señaló, y en torno a las rupturas en Morena, ya nos explicó lo que son en realidad: “No son fracturas, son momentos de emociones, de decisiones, y sé que al final todo se va a lograr en armonía”. Y es que Morena está lleno de momentos de emociones a cada rato.

Está bien, todos debemos creer en algo, no somos animalitos, y además es bueno ser agradecidos con quien nos apoya, pero de ahí a poner de manifiestos que se está dispuesto incluso a violar la ley en bien de un proyecto político, es algo serio que seguramente todos los diputados vieron pero ninguno quiso evidenciar, porque el que llevara abrazado su peluche del titular del Ejecutivo, y que todavía mencionara que va a trabajar con él, no con los diputados, no con sus representados (aunque es plurinominal, entonces no representa a nadie más que a los intereses de su partido), deja mucho que pensar y más que desear de una integrante del Poder Legislativo.

Si la señora García Zepeda tanto ama trabajar con el gobernador, que se vaya al gobierno del estado, algo encontrarán para ella, o que le dé rumbo al comité de Morena para difundir la palabra bien y bonito. No es nada contra ella, ni la conozco, pero ya suficientemente jodida está esa vecindad del Chavo llamada Congreso local como para todavía meterle más sumisión legislativa.

Los aspirantes

Ver los perfiles que ya se descararon en Morena sin mayores sorpresas, me lleva a pensar mal, como siempre. Dicen que Morena está unido, aunque los veamos del chongo eternamente, pero señalan que en el partido hay diálogo y unión en torno a un proyecto. De hecho, la legisladora Julieta García ya nos explicó que en el partido guinda hay “momentos de emociones y decisiones”.

Si tan unido está el partido, si tan cohesionado está, como tratan de vendernos la idea, ¿por qué tantos aspirantes?, ¿por qué no consensuar y alinearse todos en torno a un solo perfil, el que ellos quieran o les impongan, pero uno a final de cuentas? ¿Raúl Morón declinaría en favor de Torres Piña?, ¿Torres Piña le dejaría el camino libre a la señora del Teleférico?, ¿la arquitecta del régimen cedería su lugar a Ana Lilia Guillén con todo lo que ya le han invertido?

El que haya 11 aspirantes registrados, algunos de ellos peleados entre sí, es señal de que Morena no está unido, sino que la perredización surtió efecto y mermó lo que AMLO soñó: un movimiento homogéneo con un solo fin, un solo rumbo y una sola visión.

No digo que ese divisionismo sea malo, por el contrario, la política se nutre de las disidencias y discrepancias, pero que no quieran dorarle píldora al electorado.

Aunque apartidista, no me da igual quién quede en la candidatura morenista, eso no debe sernos indiferente porque definirá el rumbo del estado, pero usted me conoce, no me decanto por nadie, ninguno es santo de mi devoción en ningún partido, pero de verdad, si yo pudiera dirigirme al ungido o ungida de Morena, mirándole a los ojos le diría: “no te hagas, no creas que somos ni quieras hacernos”. Es cuánto.