Odisea política
Durante las últimas semanas, hemos visto, a través de las redes sociales, una enorme y contagiosa, además de esperanzadora, protesta encabezada por las adolescencias y las juventudes de países como Francia, España, Italia, Albania, Bélgica, Portugal, Grecia, Serbia, India, Argentina y Chile. Donde su principal consigna es -educación-, a la que han pegado otras demandas de suma importancia como vivienda, salud, trabajo, alimentación, cero endeudamientos educativos, reducción de las tasas de tributación a quienes menos perciben, entre otras que son igualmente legítimas como sanciones a la corrupción o como en Guadalajara, Jalisco demandando agua potable.
La demanda central son los derechos humanos, derechos básicos o cómo han señalado en sus consignas -derechos mínimos- con gran precisión y claridad absoluta, demostrando un compromiso increíblemente social y comunitario. La toma de los espacios públicos representa en realidad la indispensable y necesaria politización de lo común, del nosotros/as/es, de lo que nos hace iguales, nos hace humanidad.
Me entusiasma demasiado, la fuerza, la claridad, la unicidad de chicas y chicos que pelean en el presente por un futuro que no tarda, que está a la vuelta de la esquina, que rompen con los prejuicios y el estigma que impregnaba diversos análisis adulto-céntricos que suponían, como siempre, que las adolescencias y las juventudes estaban absortes por las redes sociales perdiendo el tiempo. Contrario a ello, nos han dado ejemplo de la utilización de las redes sociales como articulación y organización para lo común, saboteando así a las empresas corporativas digitales, quienes habían establecido como mecanismo de control social y herramienta para anulación crítica y reflexiva que cuestionará este capitalismo barbárico.
La voluntad y fortaleza de estas demandas han logrado como siempre y desde siempre, la unión de docentes, sindicatos, agrupaciones sociales y civiles, para que como escudo les protejan de la violencia que sus respectivos gobiernos han empleado para acallarles, exponiendo el cuerpo para defender su territorio -su ideología, su aspiración y derecho a un mundo, a su mundo- este que compartimos, porque no hay otro.
Esta resistencia que surge de chicas y chicos que, saliendo de la secundaria, buscan dejar una escuela mejor a sus congéneres infantiles, nos plantan en cara un ejemplo del ahora, no del mañana, no hay retórica insumisa, contrariamente, las palabras fueron directas y llanas, verdaderas y reales. Derrumbaron la vergonzosa verborrea futurista que han empleado ciertos grupúsculos venidos a más, caracterizados por estar descerebrados e ignorantes, mismos que sostienen una política miserable y retorcida, justificando e imponiendo la muerte producto del despojo, asentando que la pobreza es destino y una asignación basada en cierta voluntad divina, nada más ridículo y absurdo.
Para quienes piensan y sostienen que no hay democracia, me parece que por fin estamos vivenciándola, una que no podíamos imaginar ni sentir, ni expresar, la única reserva que tengo ante esta oportunidad es que la violencia totalitarista recrudezca y que esto implique regresar al miedo, a la conformidad, a la desesperación de la imposibilidad del cambio, a la creencia de que el antes, eso que llaman ayer era mejor, la pregunta sigue siendo ¿para quiénes era mejor? ¿quiénes se beneficiaron de ese pasado? Hagamos una lista de esos supuestos ganadores, miembros de elites de la impunidad y de la corrupción, estoy segura de que la lista de quienes perdimos será larga y dolorosa.
Defendamos lo que tenemos, este proceso preelectoral es idóneo, ya que induce y permite reproducir casi de manera automática un balance derivado de los recuerdos, emociones y sentimientos, que se mezclan entre reflexiones y realidades que son indispensables censar y reconocer, Michoacán no se puede permitir un pasado bestial como el que vivimos ni dejarse atrapar por tentaciones superficiales y ficticias, tenemos un Plan Michoacán para la Paz y la Justicia, una Presidenta y una Gaby Molina, que hicieron de este el instrumento seguro para continuar con la educación, como la fuerza para alcanzar la pacificación y el presente que la niñez, las adolescencias y juventudes claman.