Morelia, Michoacán

La estancia de Monseñor Carlos Garfias Merlos al frente de la Arquidiócesis de Morelia ha sido uno de los periodos más complejos y políticamente agitados para la Iglesia Católica en Michoacán en los últimos años.

El liderazgo del arzobispo que falleció la mañana de este martes, no solo se debatió entre los asuntos pastorales y la construcción de paz —una de sus banderas constantes—, sino también en medio de una densa red de relaciones políticas institucionales, afinidades visibles y frentes abiertos con el poder estatal.

Tras la salida del cardenal Alberto Suárez Inda, Garfias Merlos asumió la sede arzobispal en enero de 2017, proveniente de Acapulco.

Desde su llegada, intentó imprimir un sello caracterizado por la estructura de redes eclesiales de construcción de paz, buscando mediar en un estado profundamente lastimado por la violencia y el crimen organizado. Sin embargo, su perfil nunca estuvo exento de la polémica pública, especialmente por la cercanía que mantuvo con distintas figuras de la clase política tradicional michoacana.

En el plano local y municipal, la relación institucional entre Carlos Garfias y el alcalde de Morelia, Alfonso Martínez Alcázar, se mantuvo por cauces de constante colaboración y cercanía protocolaria; de un cariño personal profundo, “es mi amigo e incluso en los momentos de gran crisis, cuando le señalaban, salí a decirlo”.

A diferencia de la tensa relación que el prelado experimentó con el gobierno estatal, los encuentros con la administración municipal solían desarrollarse en un tono de cordialidad institucional y eventos conjuntos —sobre todo en temas de cohesión social, fechas cívico-religiosas y llamados a la concordia en la capital del estado—.

Para la estructura municipal, la figura del Arzobispo representaba un actor de peso con el cual era necesario coordinarse, manteniendo un puente de diálogo fluido que contrastaba con la polarización que se vivía a nivel estatal.

El punto más álgido, ríspido y mediático de la gestión de Garfias Merlos ocurrió a raíz de su confrontación directa con el gobernador del estado, Alfredo Ramírez Bedolla.

El conflicto estalló cuando el Ejecutivo estatal destapó e inició una investigación formal en la Contraloría sobre la presunta donación de 30 camionetas de lujo tipo RAM (doble cabina y de uso rudo) que el exgobernador Silvano Aureoles Conejo había entregado a la Arquidiócesis de Morelia.

El gobernador Ramírez Bedolla señaló que dichos vehículos habían sido adquiridos con recursos públicos destinados originalmente a labores de seguridad pública (como la Guardia Civil) o al sector salud, por lo que su entrega al clero representaba un presunto desvío de recursos. Incluso, las indagatorias apuntaron a un entramado financiero que involucraba a empresas arrendadoras ligadas a redes de la política tradicional.

Lejos de apaciguar los ánimos, el enfrentamiento verbal escaló. El gobernador recriminó públicamente las afinidades políticas de Garfias Merlos y su participación pública con actores de la oposición, señalando que los vehículos debían ser devueltos. Por su parte, el arzobispo rechazó tajantemente las acusaciones, calificando los señalamientos de “inventados y mentirosos”, defendiendo la legalidad de los apoyos recibidos por parte de sus benefactores y negándose a entregar las unidades bajo la presión del Estado.

Este pulso político dejó en evidencia una fractura profunda entre la jerarquía católica tradicional de Michoacán y la administración estatal emanada de la autodenominada “Cuarta Transformación”.

El capítulo de las camionetas y los roces políticos marcaron de forma definitiva el tramo final del arzobispado de Carlos Garfias, quien convalecía de una difícil enfermedad, desde los tiempos de la pandemia, cuando el contagio lo mantuvo incluso hospitalizado por semanas, convirtiéndose en un recordatorio de los finos y a menudo peligrosos hilos que conectan el poder temporal con el eclesiástico en la vida pública de Michoacán.

Originario de Tuxpan, Monseñor Carlos Garfias Merlos tomó posesión como Arzobispo de Morelia el 18 de enero de 2017, sucediendo al cardenal Alberto Suárez Inda.

Aunque el Papa Francisco nombró oficialmente a Garfias Merlos para el cargo el 5 de noviembre de 2016 (cuando este último se desempeñaba como arzobispo de Acapulco), la ceremonia solemne de inicio de su ministerio episcopal en la Catedral de Morelia y el Estadio Venustiano Carranza se llevó a cabo hasta enero de 2017.