Morelia, Michoacán / Félix Madrigal / ACG
Hay luchas que comienzan sin pancartas ni reflectores. Empiezan en silencio, entre preguntas personales, dudas y la necesidad de encontrar respuestas que pocas veces aparecen en los libros o en las instituciones. Así recuerda Aurora Monje Aguilar el inicio de un camino que, diez años después, la mantiene trabajando por los derechos de las personas trans en Michoacán.
Sentada entre expedientes, reuniones y proyectos que hoy forman parte de su labor como coordinadora de la Unidad Integral de Atención a Mujeres LBT de la Secretaría de Igualdad Sustentable y Desarrollo de las Mujeres Michoacanas, Aurora habla de un recorrido que comenzó mucho antes de ocupar un cargo público.
Todo surgió cuando empezó a interesarse por las desigualdades que enfrentaban las personas trans. La búsqueda de respuestas la llevó a aprender de todo un poco. Medicina, leyes, sociología, psicología, psiquiatría y trabajo social se convirtieron en herramientas necesarias para responder preguntas que constantemente le hacían y para comprender una realidad que durante años había sido invisibilizada.
Fue entonces cuando encontró a la Red Michoacana para Personas Trans, un colectivo integrado principalmente por personas profesionistas trans que buscaban construir espacios más seguros y promover cambios para la comunidad. Ahí comenzó una etapa que marcaría su vida.
Con el paso del tiempo, Aurora llegó a formar parte de la coordinación del colectivo junto a otras personas activistas. Entre los logros que más recuerda está la lucha para que el trámite de reconocimiento de identidad de género pudiera realizarse de manera gratuita y administrativa. Antes, explica, el procedimiento representaba un gasto importante para quienes buscaban acceder a él. Incluso hubo épocas en las que sólo podía realizarse mediante procesos legales que alcanzaban costos imposibles para muchas personas.
La gratuidad llegó después de años de trabajo y ella se convirtió en una de las primeras mujeres trans en Michoacán en realizar el trámite bajo ese nuevo esquema. “Sentí que ya no podía soltar el activismo”, recuerda al hablar de aquellos años. La responsabilidad fue creciendo junto con las demandas de una comunidad que seguía enfrentando obstáculos cotidianos.
Pero el camino no ha estado libre de dificultades. Aurora reconoce que una de las partes más duras del activismo ha sido enfrentar amenazas, hostigamientos y situaciones de violencia. Defender derechos humanos, señala, suele resultar incómodo para algunos sectores y en ocasiones eso tiene consecuencias personales. También habla del desgaste emocional que implica acompañar historias marcadas por la discriminación.
A lo largo de los años ha conocido mujeres trans que fueron expulsadas de sus hogares desde muy jóvenes, personas que crecieron en contextos de violencia constante y otras que tuvieron que sobrevivir en condiciones extremadamente precarias. Ha escuchado relatos de mujeres mayores que acumulan décadas de discriminación, pero también de niñas y niños que comienzan a enfrentar rechazo desde edades muy tempranas. Son historias que, admite, pesan.
“Hay momentos en los que la salud mental simplemente no alcanza”, expresa al recordar que incluso tuvo que alejarse temporalmente del activismo en algunas etapas de su vida. Sin embargo, siempre regresó.
Actualmente, desde el servicio público, observa una realidad distinta a la que conoció cuando trabajaba únicamente desde la sociedad civil. Antes, dice, el activismo se sostenía con voluntad, organización y esfuerzo colectivo. Ahora existen herramientas institucionales y recursos para impulsar acciones, aunque también aparecen nuevas limitaciones, presupuestos reducidos y procesos administrativos que ralentizan muchos cambios.
Por eso considera que uno de los grandes pendientes sigue siendo la creación de más políticas públicas y mayores mecanismos de protección para las personas trans. Aunque el reconocimiento de identidad avanzó en Michoacán, señala que desde 2019 no se han concretado nuevas reformas relevantes para garantizar otros derechos de la comunidad trans.
La situación se vuelve todavía más compleja fuera de la capital michoacana. Aurora explica que muchas de las acciones y servicios relacionados con la diversidad sexual permanecen concentrados en Morelia, lo que dificulta el acceso para quienes viven en otras regiones.
En comunidades indígenas y municipios alejados, la realidad suele ser distinta. Las personas de la diversidad sexual existen en todas partes, afirma, pero las condiciones para ejercer plenamente sus derechos cambian dependiendo del lugar donde vivan. En algunas regiones cercanas a Pátzcuaro, por ejemplo, observa una fuerte carga de violencia y exclusión. En otras zonas, como Tierra Caliente, preocupan especialmente las agresiones motivadas por prejuicios y los casos de transfeminicidio.
Para ella, cada región tiene necesidades particulares y por eso considera que las estrategias de atención deben adaptarse a la diversidad cultural del estado.
En medio de estas reflexiones también aparece un tema que este año comparte espacio con el Mes del Orgullo: la fiebre futbolera. Aurora reconoce que eventos masivos como el Mundial suelen acaparar la atención pública y mediática, desplazando otras discusiones importantes. Sin embargo, sostiene que existe otra cara menos visible.
Durante estos periodos, asegura, suelen incrementarse expresiones de violencia homofóbica, lesbofóbica y transfóbica. Además, considera preocupante que en años recientes hayan ganado fuerza discursos que intentan separar al deporte de la diversidad sexual, cuando históricamente las personas LGBT+ también han formado parte de estos espacios.
La conversación inevitablemente llega a una pregunta recurrente: ¿por qué existe tanta violencia hacia las personas trans? Aurora responde que no se trata de algo natural ni espontáneo. Desde su perspectiva, la discriminación es aprendida.
La describe como una violencia basada en prejuicios que se transmite de generación en generación y que encuentra respaldo en distintos espacios sociales. Habla de mensajes que circulan en redes sociales, discursos políticos, sectores religiosos, contenidos mediáticos y estructuras culturales que continúan reproduciendo ideas negativas sobre las personas trans. Por ello insiste en que la información sigue siendo una herramienta fundamental. “La ignorancia genera miedo y el conocimiento ayuda a romperlo”, resume.
Otro de los temas que considera urgente es el acceso al empleo. Durante décadas, las mujeres trans han sido encasilladas dentro del trabajo sexual. Aurora aclara que esta actividad merece respeto y reconocimiento de derechos, pero también señala que muchas veces no surge de una libre elección, sino de la falta de alternativas para sobrevivir.
Por ello insiste en que el cambio debe comenzar con oportunidades reales. Contratar personas trans, respetar sus nombres y pronombres, garantizar el acceso a la educación, combatir la discriminación laboral y facilitar el acceso a la justicia son algunas de las acciones que considera indispensables. “No son las mujeres trans quienes tienen que cambiar”, sostiene. Lo que debe cambiar, afirma, son las condiciones que limitan sus posibilidades de desarrollo.
Hacia el final de la conversación, el tono se vuelve más íntimo. Aurora dirige unas palabras a quienes atraviesan actualmente un proceso de transición y también a quienes apenas comienzan a acercarse al tema. Invita a informarse, cuestionar prejuicios y recordar que ninguna persona puede reducirse únicamente a una etiqueta.
Las personas trans, dice, son mucho más que sus procesos de transición. Son amistades, hijas, profesionistas, estudiantes, trabajadoras, artistas, vecinas. Son proyectos, emociones y sueños. Recuerda que durante algún tiempo muchas personas trans pueden sentir que toda su vida gira alrededor de la transición. Sin embargo, llega un momento en que ésta deja de ocupar el centro de todo.
Un día, simplemente, la vida continúa. Y entonces las preocupaciones son las mismas que las de cualquier otra persona: el trabajo, los estudios, la familia, los proyectos o incluso decidir qué comer al día siguiente.
A sus 28 años, Aurora mira hacia atrás con orgullo. Orgullo de su historia, de los errores y aprendizajes, de las personas que la acompañaron y de una comunidad que le permitió construir una vida distinta. Por eso insiste en la importancia de la visibilidad y de los espacios donde estas historias pueden ser escuchadas.
Porque si algo ha aprendido después de una década de activismo es que la inclusión no comienza únicamente en las leyes. Comienza cuando las personas trans dejan de ser vistas como una excepción y pasan a formar parte, con plena libertad y dignidad, de la vida cotidiana.