México se encuentra en una posición de extrema vulnerabilidad frente a Estados Unidos.

Emiliano Medina

“Hoy quiero hablar de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica parece no estar sometida a límites ni restricciones”. Con esas palabras, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, comenzó su discurso el pasado 20 de enero en el Foro Económico Mundial, en la ciudad de Davos, Suiza. El discurso no tiene desperdicio. Cada fragmento es importante porque manda señales de lo que harán las potencias intermedias como Canadá para evitar la subordinación ante superpotencias como Estados Unidos y China. La consigna es sencilla: sentarse en la mesa o aparecer en el menú.

Carney reconoce que el antiguo orden contenía falsedades. Las reglas de cooperación entre Estados eran violentadas por el más fuerte y aplicadas con severidad al más débil. A pesar de que, en la teoría, se buscara el fortalecimiento institucional para regular la conducta entre Estados, en la práctica estos no estuvieron dispuestos a ceder el poder ¿Cómo es posible explicar que Estados Unidos reconozca a la Corte Internacional de Justicia, pero no reconozca su jurisdicción como obligatoria? Acuerdos sui generis para maquillar que el poder siempre fue de los más fuertes.

“Más recientemente, las grandes potencias han comenzado a usar la integración económica como arma: los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministros como vulnerabilidad a explotar”. Estas líneas del discurso de Carney son de gran valor para dimensionar el momento actual: nos encontramos frente a La Trampa de Tucídides. Ante el ascenso de China, Estados Unidos continúa recrudeciendo su política exterior para explotar las debilidades de quienes antes denominaba “aliados”.

Hoy, la relación personal es más importante que nunca. Lo que manda es el impacto en redes sociales, donde lo más valioso son los videos de convivencia entre mandatarios. La forma de hacer política ha cambiado. Presuponemos que Estados Unidos y Argentina robustecerán sus relaciones comerciales porque vemos a Trump y a Milei bailando la misma canción: es la banalización de la política. La diplomacia, la cooperación y los foros parecen no ser más que adornos y compromisos.

México se encuentra en una posición de extrema vulnerabilidad frente a Estados Unidos. Nuestro vecino no necesita realizar una invasión para desestabilizar a México; basta con cortar el flujo de gas natural proveniente de Texas para dejar al país sin alrededor del 70% de su suministro y, consecuentemente, sin energía en cuestión de días. Esta dependencia es, en sí misma, una amenaza existencial. Esto no quiere decir que la misión de Estados Unidos sea desestabilizar a México, pues gran parte de su comercio y seguridad nacional dependen de su frontera sur. No obstante, su ventaja es mayúscula y deja a México con un margen de maniobra mínimo al momento de buscar otros horizontes.

En todo este escenario, creo que la presidenta Sheinbaum ha mantenido una posición prudente como jefa de Estado. No se puede bailar al ritmo que lo hace Javier Milei y tampoco se cuenta con una mano suficientemente fuerte como la de Canadá para enarbolar un discurso más allá de Estados Unidos. La estrategia debe ser metódica. Se deben resistir los embates y las amenazas de intervencionismo, así como dar golpes concretos que afecten el resultado de las elecciones intermedias del próximo 3 de noviembre. Su dependencia económica lo permite. Por lo pronto, México debe de transitar en este nuevo orden que, como lo advierte Carney, debe ser más ambicioso que el anterior.

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