a paradoja radical es esta: en la misma geografía donde el Estado falla en seguridad durante décadas, maestros y estudiantes demuestran que sí se puede.

Horacio Erik Avilés Martínez

Hay imágenes que México debe ver de sí mismo: la del niño que hace la tarea con balaceras como “música de fondo”. La de la maestra que cruza un retén antes de entrar al salón; quien saluda al soldado con el mismo aplomo con que luego explica fracciones. La del estudiante de preparatoria que pasa junto a la camioneta baleada de camino a su examen de admisión. La del ingeniero en formación que sale de la universidad y ve, en la misma esquina de siempre, a quienes controlan el territorio.

Así transcurre la vida educativa de millones de mexicanos. En Matamoros, en Apatzingán, en Aguililla y Jalisco la escuela no se detiene del todo. Cuando pueden, los maestros llegan y los estudiantes abren sus cuadernos. Y en ese acto cotidiano, simple,  pero profundamente heroico, se decide el futuro nacional.  Demuestran que, territorio no es destino: la geografía de la violencia no cancela del todo a la biología del talento.

En el mismo municipio donde opera un cartel puede vivir el mejor matemático del país o el primer astronauta hispanohablante del mundo. En las aulas más olvidadas, junto a los basureros, en los salones donde los libros escasean y el presupuesto nunca alcanza, existen maestros que hacen lo que estadísticamente parece imposible: transformar vidas.

Esta coexistencia, la del genio y la bala, la del maestro radical y el jefe de plaza, la del estudiante extraordinario y el reclutador del cartel es la condición estructural en la que opera la educación pública mexicana en demasiados territorios. Y entenderla bien es el primer paso para actuar sobre ella con la urgencia que merece.

Ayer, el Ejército Mexicano, la Guardia Nacional y la Fuerza Aérea se desplegaron en el Ejido Sandoval, municipio de Matamoros, Tamaulipas. El resultado: la captura de Antonio Guadalupe "N", alias "El Lexus", presunto líder de la "Operativa Ranger", célula de los Ciclones del Cártel del Golfo. Un golpe real al crimen organizado, que merece reconocerse.

Hace unos días, el 22 de febrero, fue abatido en Tapalpa, Jalisco, el hombre que durante más de una década fue el criminal más buscado del mundo: Nemesio Oseguera Cervantes, "El Mencho", fundador del Cártel Jalisco Nueva Generación, originario de Aguililla, Michoacán. Y, un mes atrás cayó en Buenavista Tomatlán, César Alejandro Sepúlveda Arellano, "El Bótox", líder de Los Blancos de Troya.

Tres capturas recientes en municipios con historia criminal pesada. Y también, tres geografías que albergan personas extraordinarias cuya historia el mundo conoce, admira e incluso ha llevado al cine.

Matamoros, Tamaulipas es una ciudad fronteriza, marcada por décadas de violencia del Cártel del Golfo. En uno de sus márgenes más olvidados, junto a un relleno sanitario, en la colonia conocida como "El Basural" se levanta la escuela primaria “José Urbina López”.

Allí llegó Sergio Juárez Correa, un maestro que también había crecido junto a ese mismo basurero, y que un día decidió romper con todo: con el método, con el determinismo, con la resignación de un sistema que ya había dado por perdidos a esos niños. Inspirado por el trabajo del científico Sugata Mitra, implementó un modelo donde los estudiantes construían su propio conocimiento, donde la curiosidad era el motor y el maestro era facilitador, no custodio del saber ajeno.

El resultado fue Paloma Noyola Bueno, quien en 2012 obtuvo el primer lugar nacional en Matemáticas en la prueba ENLACE. La revista Wired la puso en portada con una sola frase: "La próxima Steve Jobs." El mundo volteó a ver a Matamoros para asombrarse de lo que una niña y un maestro radical podían hacer sin recursos, sin seguridad, sin nada excepto inteligencia y voluntad. Hoy, en ese mismo Matamoros, cae "El Lexus". El jefe de plaza del municipio, que fue detenido a escasos 19 kilómetros de donde estudió Paloma.

Apatzingán: esa ciudad, hoy asociada en el imaginario nacional con los Caballeros Templarios, Los Blancos de Troya y el cobro de piso es la misma donde el 22 de octubre de 1814 se promulgó la Constitución de Apatzingán.

Las mismas tierras que producen el limón que el mundo entero usa para cocinar, a cuya industria "El Bótox" y su estructura extorsionaban sistemáticamente, cobrando piso a los limoneros y asesinando líderes como Bernardo Bravo, son las mismas que han dado al país profesionistas que nunca aparecen en los narcocorridos. Es un municipio donde cada mañana decenas de maestros rurales cruzan retenes y polvorientas brechas para llegar a sus aulas.

De La Piedad, Michoacán proviene José Hernández Moreno, el astronauta que cosechó fresas en California, fue rechazado once veces por la NASA y finalmente llegó al espacio en 2009 en el transbordador Discovery, convirtiéndose en el primer astronauta en hablar español en órbita. También es tierra de Mariano Silva y Aceves (1887-1937), escritor, filólogo, fundador del Instituto de Investigaciones Lingüísticas de la UNAM y rector interino de la Universidad Nacional. Y también es tierra de Jesús Romero Flores, constituyente de 1917.

Pero La Piedad también tiene su jefe de plaza. En enero de 2017, capturaron a Jorge C., alias "El Mecánico", señalado como presunto jefe de plaza del grupo delictivo Los Viagras. Y más recientemente, el pasado 22 de febrero de 2026, cuando las Fuerzas Armadas abatieron a "El Mencho" en Tapalpa, Jalisco, La Piedad fue uno de los municipios que amaneció con narcobloqueos y vehículos incendiados.

La corporación policial de La Piedad se encuentra entre las 38 corporaciones municipales de Michoacán investigadas por presuntos vínculos con el CJNG, sí, la misma ciudad que mandó un hombre al espacio y que le dio a la UNAM uno de sus rectores más brillantes del siglo XX.

Si la geografía criminal invalidara el talento, Aguililla, Michoacán, tierra natal de “El Mencho”, municipio bloqueado y sitiado durante años, no podría honrar en su historia a personajes como Santiago Tapia (1820-1866), gobernador de Michoacán y Comandante Militar de Tamaulipas, nombrado por el presidente Juárez; o al General Rafael Sánchez Tapia, también aguilillense, gobernador interino de Michoacán designado por el presidente Lázaro Cárdenas. Dos figuras que construyeron instituciones. Un capo que las destruyó. Los tres, del mismo municipio.

 La reducción al absurdo: el narco y el genio comparten mapa. Si aceptáramos que la violencia determina el destino de una comunidad, tendríamos que explicar por qué de esa misma tierra emergen personas brillantes.

Si el contexto fuera destino, Matamoros no podría haber producido a la mejor matemática de México. Si la pobreza y el crimen cancelaran el futuro, La Piedad, ciudad del astronauta José Hernández, del rector universitario Mariano Silva y Aceves, del constituyente Jesús Romero Flores,  no podría haber visto cómo sus policías son investigados por vínculos con el CJNG y sus calles amanecen con narcobloqueos. Si la violencia territorial borrara el legado cultural, Apatzingán, la ciudad que firmó la primera Constitución de México en 1814, la que produce el limón que el mundo come, sería solo sinónimo del cobro de piso de Los Blancos de Troya. Y si la geografía criminal invalidara el talento, Aguililla, tierra natal de El Mencho, municipio bloqueado y sitiado durante años, no podría honrar a los gobernadores que construyeron México.

Como escribí hace tres años al analizar la película Radical: "maestras y maestros heroicos existen por toda la geografía nacional y diariamente logran lo que parecería imposible. Michoacán no es la excepción."

Hay un determinismo perezoso y cruel que le dice a un niño de El Basural: "Tú no puedes”, que le dice a un jornalero de La Piedad: “el espacio no es para ti” y, que le dice a la infancia aguilillense: "tu único futuro es el sicariato”.

Ese determinismo es una temible amenaza educativa de México. Porque opera sin fusiles Barrett, sin lanzacohetes ni granadas. Opera desde los escritorios, desde los planes de estudio que no consideran la realidad del estudiante, desde las políticas educativas que reparten libros sin formar maestros, desde los presupuestos que se recortan precisamente en las regiones más necesitadas. Y, también, desde la normalización social de los sucesos que acontecen en ella.

Lo que hace extraordinario al maestro Sergio Juárez y a decenas de miles de maestros anónimos en todo el país es que trabajan en condiciones imposibles y, aun así, producen resultados que desafían y transgreden la estadística. El peso del sistema recae sobre los hombros de individuos excepcionales, cuando debería ser al revés.

Mientras tanto, el Estado celebra la caída de "El Lexus", de "El Bótox", del propio "El Mencho", como victorias de seguridad. Y lo son. Pero si no van acompañadas de victorias educativas equivalentes: inversión real, maestros dignificados y escuelas dignas en los territorios más golpeados no habrá fusil Barrett suficiente para detener el ciclo. Porque el crimen organizado también recluta en los salones a quienes que el Estado abandonó.

La paradoja radical es esta: en la misma geografía donde el Estado falla en seguridad durante décadas, maestros y estudiantes demuestran que sí se puede.

Por ello, es inaceptable que las victorias de seguridad sean el techo de nuestra ambición como nación. La historia de Paloma Noyola, de José Hernández y de los miles de estudiantes extraordinarios que conviven cada día con la violencia, nos grita algo mucho más urgente: el talento está distribuido democráticamente por toda la geografía nacional. Lo que no está distribuido democráticamente es la oportunidad.

Por eso el llamado es concreto: que la política de seguridad y la política educativa se diseñen como estrategia conjunta en los territorios más vulnerables. Cada peso invertido en un maestro bien formado, en un aula digna o en una biblioteca es un peso invertido en prevención que ningún operativo militar puede sustituir.

Como sociedad debemos aspirar a celebrar con la misma intensidad la captura de un capo y el primer lugar nacional de una niña de El Basural. Los maestros radicales, los Sergio Juárez del país, deben ser tan conocidos como los criminales que tienen corridos y sello discográfico; porque la labor docente es el acto más subversivo y necesario en los territorios donde el crimen quiere ser el único horizonte posible. Ser maestro ahí implica ser radical: ir a la raíz del potencial de cada estudiante y nutrirla fervorosamente.

Hoy cayó "El Lexus" en Matamoros. En esa misma ciudad, Paloma Noyola aprendió que los genios solo necesitan un maestro que crea en ellos. México tiene 2 mil 473 municipios y millones de alas que esperan la acción de un gobierno educador.

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*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo Michoacán, A.C.