El arte juvenil como diagnóstico social merece atención, acompañamiento y respuesta. Ignorarlo es una elección política que tiene consecuencias.
Horacio Erik Avilés Martínez
Michoacán cierra el primer trimestre de 2026 y el tercer cuarto del ciclo escolar 2025-2026 en un clima que exige más que un descanso administrativo. Las escuelas abaten sus puertas en un entorno donde la violencia armada, la angustia juvenil y la desconexión familiar se han convertido en el telón de fondo cotidiano del aprendizaje. Para quienes defendemos el derecho de las niñas, niños y jóvenes michoacanos a estar, aprender y participar en condiciones dignas y seguras, este receso es, ante todo, una señal de alarma colectiva.
Las escuelas de Michoacán operan en medio de un contexto de violencia que las instituciones insisten en invisibilizar. Cuando jóvenes del Colegio de Bachilleres de Contepec realizan un performance que recrea la violencia de su entorno, incluyendo el asesinato del presidente municipal en 2022, están hablando con el lenguaje que el sistema educativo les negó. Están haciendo lo que los adultos evitan: nombrar la realidad. La respuesta de las autoridades educativas fue el deslinde, el cual es, en sí mismo, una forma de violencia. El arte juvenil como diagnóstico social merece atención, acompañamiento y respuesta. Ignorarlo es una elección política que tiene consecuencias.
Jean-Paul Sartre escribió que la incomunicabilidad es la fuente de toda violencia. Esta idea, que podría parecer abstracta, adquiere una dimensión concreta y dolorosa cuando se examina el caso de Osmar, el joven de Lázaro Cárdenas que emitió cuatro señales públicas en Instagram que nadie pudo descifrar, ni mucho menos, atender.
Este silencio colectivo ante una llamada de auxilio digital revela la profundidad de la crisis de comunicación que atraviesan las familias michoacanas. La ausencia de vínculos afectivos sólidos entre padres e hijos, la imposición como modelo de crianza y la falta de espacios genuinos de escucha convierten el hogar en un lugar donde los jóvenes aprenden a callar lo que más les duele. La falta de diálogo entre padres e hijos en el hogar es el primer eslabón de una cadena que puede terminar en tragedia.
En contraste, el incidente previo en la Secundaria Técnica 12 demostró que la intervención oportuna de padres y autoridades puede evitar lo irreparable. La diferencia entre ambos casos descansa en una sola variable: la presencia activa de adultos responsables que escucharon, actuaron y acompañaron. Esa presencia salva vidas. Su ausencia las cobra.
El hogar es una comunidad educadora, donde debe redoblarse la responsabilidad familiar en tiempos de receso. El periodo vacacional que inicia no debe convertirse en una extensión de la pantalla. Las familias michoacanas tienen ante sí una oportunidad excepcional: reconstruir el vínculo afectivo con sus hijos, recuperar el rol protagónico que el Estado ha cedido a los algoritmos y las redes sociales y transformar el hogar en un espacio de formación continua.
Esto requiere un cambio de paradigma. El modelo impositivo, donde los padres mandan y los hijos obedecen sin espacio para el diálogo, ha demostrado ser insuficiente frente a la complejidad emocional de la adolescencia contemporánea. La empatía, entendida como la capacidad de ponerse en los zapatos del otro y de comprender el mundo desde los lentes de los propios hijos, es la herramienta más poderosa que tiene una familia para detectar focos rojos antes de que se conviertan en crisis.
Involucrarse en los intereses de los jóvenes, sus géneros musicales, sus estéticas, sus referentes culturales, lejos de ser una concesión trivial, es una estrategia de inteligencia emocional. Cuando un padre pregunta con genuino interés por la música que escucha su hijo mientras lavan los trastes juntos, está construyendo el puente que puede hacer la diferencia entre el silencio mortal y la palabra que pide ayuda.
Las actividades propuestas para este receso son accesibles y profundamente educativas: caminatas por el centro histórico de Morelia y sus símbolos, lectura en voz alta, repaso de matemáticas, práctica del idioma inglés o charlas de orientación vocacional para quienes se preparan para cambiar de nivel educativo. La riqueza cultural de Michoacán es un recurso pedagógico que las familias tienen a su disposición y que rara vez aprovechan.
Lamentablemente, mientras otras naciones avanzan con decisiones judiciales que declaran a las plataformas tecnológicas corresponsables de la adicción en menores, México permanece atrapado en la firma de convenios voluntarios que las empresas suscriben sin obligación de cumplir. Este rezago legislativo tiene un costo humano real y medible. Las redes sociales actúan, en mentes jóvenes heridas o solitarias, como combustible sobre paja. La exposición sin supervisión a contenidos que promueven la violencia, la autolesión o la comparación destructiva tiene efectos documentados sobre la salud emocional de los adolescentes.
El caso de Osmar no fue un evento aislado e impredecible: fue el resultado visible de una crisis invisible que se incubó en la soledad digital. Pero, ahora, se abre medio mes de ventana de oportunidad para hacernos presentes como padres de familia o para permitir que los oscuros caminos de las redes sociales sean recorridos por nuestros hijos, en solitario. Las familias tienen la capacidad de actuar de inmediato en este ámbito, estableciendo acuerdos claros sobre el uso de dispositivos durante el receso y sustituyendo el tiempo en pantalla con alternativas que fortalezcan los vínculos. Las autoridades, por su parte, tienen la obligación de legislar con urgencia y valentía para exigir a las plataformas tecnológicas lo que los convenios voluntarios nunca garantizarán. Deben de aprovechar este periodo vacacional para relanzar el sistema educativo estatal en muchas áreas de oportunidad que no han atendido.
Prioritariamente, deben de atender la crisis de salud mental, la cual constituye una deuda del Estado con la infancia michoacana. Michoacán tiene cinco millones de habitantes distribuidos en 113 municipios. El sistema de salud estatal cuenta con 28 psiquiatras para atender esa población. La aritmética es devastadora, porque el acceso a profesionales de la salud mental es objetivamente imposible.
Esta carencia estructural tiene nombre y apellido. Existen al menos 500 plazas en el sistema educativo michoacano, tan solo en educación básica, las cuales están ocupadas por comisionados sindicales, figuras conocidas coloquialmente como aviadores, que perciben un salario del erario sin ejercer funciones pedagógicas reales dentro de las aulas. Esos recursos, reasignados con voluntad política, podrían transformarse en psicólogos educativos, trabajadores sociales y médicos escolares que atiendan a cerca de medio millón de estudiantes michoacanos que hoy carecen de este soporte básico.
La salud mental infantil y juvenil es un derecho, no un privilegio. Garantizarla es una obligación del Estado. Cada escuela michoacana, desde el nivel inicial hasta educación superior merece contar con profesionales de la salud socioemocional que acompañen el desarrollo de sus estudiantes con la misma seriedad con que se exige el dominio del pensamiento matemático.
Mientras tanto, los protocolos de seguridad escolar hoy constituyen una clara omisión que tiene consecuencias, porque en diciembre de 2025, las autoridades publicaron lineamientos para atender la violencia escolar en el Periódico Oficial del Estado de Michoacán. Sesenta cuartillas que omiten palabras como armas o tiroteos y, mucho menos establecen la instalación de tecnología de punta para proteger a los integrantes de las comunidades escolares y sus familias. Un documento normativo que regula la convivencia escolar en un estado donde la violencia armada es una realidad cotidiana para miles de estudiantes y que, deliberadamente o por negligencia, elige ignorar los escenarios más extremos y urgentes.
Esta omisión es una decisión política. Y como tal, tiene consecuencias que se miden en vidas y en trastornos socioemocionales. Las escuelas michoacanas carecen de arcos detectores de metales en la gran mayoría de sus planteles. Los trayectos entre el hogar y la institución educativa representan zonas de riesgo para las que los protocolos vigentes no ofrecen orientación. La comunidad escolar enfrenta la violencia sin herramientas, sin rutas de acción y sin el respaldo institucional que merecería.
La Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo ha implementado arcos detectores de metales en sus accesos. Si la educación superior ha dado ese paso, la pregunta que corresponde formular a las autoridades de educación básica y media superior es directa: cuántas tragedias adicionales se requieren para que los protocolos de seguridad escolar sean actualizados con la urgencia que la situación exige.
Este receso vacacional llega en un momento de corte de caja. El sistema educativo michoacano cierra un ciclo cargado de alertas que fueron ignoradas, de señales que fueron minimizadas y de derechos que fueron postergados. La familia tiene ante sí la responsabilidad de reconstruir el vínculo afectivo con sus hijos durante estas dos semanas. El Estado, por su parte, tiene ante sí una deuda que ya no admite más plazos.
La autoridad estatal en materia educativa tiene que hacer su tarea. Actualizar los protocolos de seguridad con escenarios reales. Reasignar el presupuesto de plazas comisionadas hacia psicólogos y trabajadores sociales en las escuelas. Impulsar la legislación que exija corresponsabilidad a las plataformas digitales. Escuchar el arte juvenil como diagnóstico, no como amenaza. Acompañar a las familias con políticas de flexibilidad laboral que les permitan estar presentes en la vida de sus hijos.
Aprovechemos bien las vacaciones: Michoacán merece familias donde reinen la empatía, la comunicación, la ejemplaridad y la corresponsabilidad; así como también, escuelas donde las niñas y los jóvenes puedan aprender sin miedo, participar sin riesgo y crecer con dignidad. Eso es un derecho. Garantizarlo es una obligación. Y cumplir con las graves responsabilidades públicas comienza con decisiones políticas que se toman hoy, en este receso, y se deben ejecutar antes de que el último tramo del ciclo escolar traiga consigo las mismas crisis con distintos nombres y rostros.
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*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo Michoacán, A.C.