En Michoacán, en la lucha contra la delincuencia, sería una canallada, literal, no reconocer los operativos de decomisos y destrucción constante de las llamadas e ilegales máquinas tragamonedas, que antes deambulaban por doquier, algunas con características de burdos mini casinos tercermundistas y no menos llegan a ser sedes de narcomenudeo.
Y, con lo anterior, no solo se deshace una fuente de financiamiento de origen ilícito del crimen organizado, sino que se aleja a los adolescentes, a los jóvenes, de un sitio que crea una fuerte, grave, adicción difícil de deshacer, por algo la manipulación de las máquinas tragamonedas se le denomina el “crack” de los juegos de azar.
Además, es evidente que no son escasos los sitios en la entidad en los que se encuentran instaladas esas máquinas y se suscitan hechos de violencia, algunos con funestas consecuencias, de ahí la intervención cada vez en forma más permanente, especialmente, de integrantes de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado de Michoacán.
Si, es una determinación del Gobierno de Michoacán la desaparición de las máquinas tragamonedas del territorio michoacano, lo cierto es que gradualmente lo está logrando, tan solo hay que apuntar que el año pasado hubo 3 mil 200 aseguramiento de ellas, ubicadas principalmente en Morelia, Uruapan y Apatzingán; ya no están tan descaradamente a la vista.
En muchas ocasiones el crimen organizado obliga a las personas a instalar las máquinas tragamonedas, exigiéndoles una cuota en base al número y tipo de las mismas. Un aparato de los mencionados cuesta de 9 mil pesos, la básica a 14 mil, la multijuego, aproximadamente, generando utilidades mensuales de 14 mil pesos. Como se ve un gran negocio.