Morelia, Michoacán/Por: Alfredo Soria/ACG.

Hace casi 12 años, la vida de María Isabel Casique Solórzano cambió de golpe. Su esposo, también militar, falleció. En medio del dolor llegó una invitación que marcaría el rumbo de su historia.

“Mi ingreso a las Fuerzas Armadas se dio porque, lamentablemente, mi esposo murió y a mí se me hizo una invitación para formar parte de las Fuerzas Armadas y yo la tomé”.

No era una decisión sencilla. Era madre, ama de casa y enfrentaba la pérdida más dura de su vida. Pero encontró algo que no esperaba.

“Empecé a conocer los beneficios que la institución no abandona o no nos deja a la deriva a los familiares. Yo me sentí cobijada”.

Ese respaldo fue determinante. Sus hijos accedieron a becas, continuaron sus estudios y ella decidió dar el paso. Ingresó como soldado oficinista, realizó el Curso de Adiestramiento de Combate Individual Regional (CACIR) y comenzó un camino que la llevaría a ascender en 2020 a Sargento Segundo oficinista. Este agosto será promovida a Sargento Primero.

Para ella, el mayor desafío no fue el uniforme, sino la superación constante: “El reto ha sido superarme, capacitarme, seguir estudiando aquí dentro del medio para poder superarme”.

Su especialidad es la documentación militar. Actualmente trabaja en llevar el control de armas en el estado: fiscalías, policías, empresas de seguridad privada, licencias de portación y clubes cinegéticos. Es un trabajo técnico, administrativo y de alta responsabilidad.

Su día comienza a las cinco de la mañana. Prepara a sus hijos para la escuela, alista lonches, se uniforma, pasa lista a las 7:30 y cumple su jornada hasta la tarde. Si le toca servicio, permanece hasta el día siguiente. Por la noche retoma su papel en casa.

“No se me hace ni difícil ser militar ni tampoco cumplir con mi papel de mamá”.

Pero hubo un momento que le dio sentido profundo a su presencia en el Ejército. Cuando fue asignada a la Mesa de Seguridad Social comenzó a atender a otras mujeres que, como ella, habían perdido a sus esposos en servicio.

“Empecé a ver que había más viudas como yo, con hijos que necesitaban apoyo… y me dediqué a difundir que había becas para los hijos, que no se quedaban desamparados”.

Les explicaba cómo reunir documentos, cómo hacer solicitudes, cómo acceder al beneficio. Cuando vio que más niños lograban esas becas, entendió algo.

“Yo creo que ahí fue donde dije: por algo tenía que estar aquí”.

Portar el uniforme le genera orgullo, pero también sensibilidad. “Me llena de mucho orgullo portar el uniforme… saber que de esta forma contribuyo a mi país, a mi nación”.

Y lo dice con claridad: “Detrás de cada militar existe una vida, existe una familia, existen unos hijos esperando a sus padres”.

En su unidad son 25 mujeres. Para María Isabel, romper estigmas no ha sido una consigna, sino una consecuencia natural de su decisión.

“Las invito a que formen parte de las Fuerzas Armadas, que vean que se puede”.

Si pudiera regresar el tiempo, no cambiaría nada. “Volvería a ser militar, sí, claro que sí”.

Hoy, María Isabel Solórzano no solo honra la historia de su esposo. Ha construido la suya propia. Su historia no es solo de disciplina militar, sino de resiliencia, maternidad y propósito.

Y cada ascenso no es únicamente un grado más en el uniforme: es la prueba de que incluso del dolor puede nacer una nueva misión de vida.